Reportajes
Entrevista a Néstor Dipaola, publicada en el Suplemento Especial 127 Aniversario del diario EL ECO DE TANDIL. 30 de julio de 2009

UNA CHARLA CON NESTOR DIPAOLA
El maestro…

Le gusta viajar pero también disfruta de la naturaleza lugareña, yendo a correr por la zona del dique, avenida Don Bosco o ruta 74.
Tiene tres hijos a quienes define como “maravillosos” y su pasión futbolera pasa por Santamarina, ya que no ve fútbol por televisión.
En cuanto a música, algo de tango, Gardel, The Beatles y sobre todo el canto popular uruguayo.

-Empezaría por una pregunta que vos acostumbrás a hacer para las entrevistas de “Tandilenses con historia”. ¿En qué barrio te criaste?
-En realidad me crié en el campo, en un rancho de adobe, a escasos kilómetros de Estación La Negra, partido de Necochea. Allí mi padre y mi abuelo arrendaban un predio, exactamente a doce leguas de Tandil.

-Parece una antigüedad eso de “legua”…
-Lo es. Pero me quedaron unos cuantos giros idiomáticos que proceden de ese pasado campero. Una legua tiene 5 kilómetros, o sea que estábamos a 60 “del pueblo”, como también decíamos. Y cuando veníamos para acá, primero nos quedábamos en la casa de mi abuelo, Constitución 452. Más adelante en 14 de Julio al 600 hasta la instalación definitiva en Montevideo 674.

-¿O sea que te gustaba esa vida al aire libre, entre los animalitos y toda la naturaleza junta…?
-Sí, me gustaba. A tal punto que una vez le pedí a los Reyes Magos que me traigan “un lazo y un recado”. Llegó el lazo, algo es algo… Y lo usé. Es que a los tres años ya andaba a caballo y ordeñaba, y a los cuatro o cinco les llevaba el mate cocido con galleta a los peones que estaban cosechando, en el verano. Hasta les ayudaba a enganchar bolsas en la vieja cosechadora de tracción a sangre. Me iba hasta el sembrado, montado en algún pingo manso. Después tuve mi propia yegua de andar y presencié paso por paso todo el proceso de amansamiento que realiza el domador.

-¿Cuándo se acabó esa vida de niño de campo…?
-A los 10 años, aproximadamente. Se venció el contrato de arrendamiento y no hubo manera de negociar con los dueños, que eran franceses. Hubo que vender todo.

-¿Tu yegua también?
-Sí, esa yegua alazana había tenido una potranquita. Me tocó presenciar cómo las remataban. Me acuerdo hasta el precio. A la yegua la compraron por 1.500 pesos de esa época (principios de los sesenta) y a la hija por mil. Mucho tiempo después, aprendí a recitar unos versos inmortales del uruguayo Yamandú Rodríguez. ¿El título? “El remate”, precisamente. Es casi un calco de lo que fue aquello.

LA ESCUELA Y EL PERIODISMO, CASI UNA MISMA COSA

-¿Comenzaste la primaria en alguna escuela de campo?
-No. En época de clases, mi madre se instalaba con nosotros en Tandil, por la escuela. Fines de semana y vacaciones, de vuelta al campo. Fui al Colegio San José, en tiempos en que éramos todos varones, los alumnos y los maestros, hermanos de la congregación de la Sagrada Familia.

-Hay muchas vivencias del campo. El lazo, el recado, la yegua alazana, la cosechadora… Cualquiera hubiera imaginado un futuro como veterinario, por ejemplo.
-Y… de haber continuado mi familia en el campo, a lo mejor. Y tal vez hoy sería un periodista de temas agropecuarios. No sé. Pero siempre me gustó escribir.

-¿En el “cole” ya lo evidenciabas?
-Sí, con algunas anécdotas inclusive.


-A ver… dale…
-Desde muy pequeño, no tenía faltas de ortografía. Y veía algunos cuadernos de mis compañeritos, con unos cuantos renglones marcados en rojo, por las correcciones. Entonces un día, en mi casa, tomé una hoja y puse como título “Dictado”. Empecé a inventar frases y frases. Escribí una carilla. Pero lo hice con cinco o seis faltas de ortografía, con el solo motivo de corregirme luego con rojo, yo mismo…

-O sea que escribías en tu casa, sin tener necesidad de hacerlo.
-Sí. En otro momento, estando también en la escuela primaria, hubo un eclipse total de sol. Era sábado y por eso no había cole. A eso de las nueve, se fue oscureciendo todo. Como de noche, realmente. Me fui hasta el gallinero que estaba al fondo de mi casa, y observé el susto que tenían esas gallinas cuando empezó a oscurecer tan imprevistamente. Esas sensaciones me llevaron a escribir una larga crónica con las vivencias de ese eclipse tan particular  y sorprendente.

-¿Por entonces ya pensabas que podrías ser periodista?
-No, aunque ya leía los diarios. A lo mejor lo pensé a los 13 años, en que me involucré en un debate sobre turismo que surgió precisamente en El Eco. Mandé tres “cartas del lector” con el pseudónimo “Turista número uno”. Las hice a máquina, ya que mi padre me había comprado en un remate una antigua Remington, de 130 espacios, que todavía conservo. Y al poco tiempo inauguré una revistita, con 14 años recién cumplidos. Por eso digo que periodista se nace. Como futbolista o artista plástico. Porque en mi caso, mis únicas vivencias anteriores habían sido las del trabajador rural. Y el único libro que había en aquel ranchito era el Martín Fierro.

DE LA REVISTA PROPIA AL CRONISTA DE EL ECO

-¿Cómo es eso de la revista a los 14 años?
-En realidad era para mí solo, aunque la entregaba para leer a amigos y compañeros. Se llamaba “Sport Tandil” y tenía como subtítulo “El deporte en Tandil”. La escribía íntegramente a máquina, con formato de revista, y en la tapa pegaba una foto que recortaba de los diarios locales.

-¿Cada cuánto la publicabas? ¿Qué temas incluías?
-Era rigurosamente semanal. Salía, al igual que El Gráfico, los martes. Empezaba con una nota editorial. El eje era el fútbol, porque yo concurría a los estadios locales a ver los partidos. Si jugaba la selección de Tandil, mucho más. Recuerdo que hacía hincapié, por ejemplo, en la necesidad de integrar ciudades de la región en una sola Liga, para levantar el interés de los aficionados. La publiqué durante dos o tres años. Creo que hasta que empecé en El Eco, a los 17 años.

-¿Cómo fue eso? ¿Conocías a alguien en el diario?
-No, no conocía a nadie en todo Tandil. No tenía vinculaciones. Y era muy tímido. Por eso que no sé cómo hice para recorrer, en una misma tarde, los tres diarios, empezando por Nueva Era. Yo leía las crónicas de los partidos de fútbol los días lunes. Había algunas muy bien escritas, como por ejemplo las de Carlos Octavio Alfaro, que firmaba como Dr. Zito, en Actividades. Pero había otras que realmente estaban mal redactadas, eran escritas todas con muchas comas y casi ningún punto, algo engorroso para la lectura. Entonces un día pensé: “Si estos escriben, yo puedo hacerlo mejor”. Y eso me llevé a hacer esa recorrida.

-¿Por qué empezaste por Nueva Era?
-Porque en ese momento era el diario que se imponía. Yo lo conocía desde muy chico, en el campo. Porque una de las cosas que hacía, a caballo, era ir desde mi rancho hasta la estación La Negra a buscar galleta, de vez en cuando. Y en el almacén de ramos generales de los Bellido, me daban, de paso, el diario, que llegaba por tren. Y el único diario que ofrecía ese servicio de ir “de pueblo en pueblo”, era Nueva Era.

-Bien, ¿y qué te respondieron?
-Alguien tomó mi nombre, apellido y domicilio. Y me dijo que “cualquier cosa te llamamos”. Entonces de ahí, pegué la vuelta por Pinto hasta 9 de Julio, y fui a Actividades. Me respondieron que vuelva dentro de una hora, en que volvería el jefe de deportes, que no era otro, por entonces (agosto de 1968) que Osvaldo Soriano.


-¿Volviste cuando se cumplió esa horita…?
-No, no tuve paciencia para esperar. Fui a El Eco, que era el último que me quedaba. Allí me atendió un señor de muy pocas palabras. Me confesó que no tenía quien cubriese los partidos “del campo”. En la Liga Tandilense se habían incorporado equipos como Loma Negra, Defensores de Napaleofú, Racing de Gardey, El Solcito. Y por lo visto, nadie quería llegar hasta allí. Entonces este señor me dijo, textualmente: “Si se anima (me trató de usted y todo) a ir el domingo a Loma Negra, lo probamos en ese partido”.

-¿Y?
-Yo no podía creerlo. Era la oportunidad que buscaba, pero jamás pensé que se me iba a dar en el primer intento.

-¿Cómo llegaste a Loma Negra?
-Yo viajaba con el colectivo de la delegación local. Esa vez era Defensa Tandil. Me llevaron como si fuese un jugador más. Se salía a las 10 de la mañana porque iban también los chicos de la cuarta división, más la tercera y la primera. Y se regresaba al atardecer, después de haberse jugado todos los partidos. Yo cubría el de primera, por supuesto.

-Demás está decir que te fue bien.
-Sí, pero además yo estaba muy seguro. Llevaba tres años con mi revistita. Era un “veterano”, a los 17 años… Bueno, lo cierto es que en la vieja redacción de El Eco tuve que esperar un buen rato para conseguir una máquina. Había pagado el “derecho de piso” de ir al campo y luego pagué otro: el de quedar último para la cola de las máquinas de escribir. Pero no desaproveché el tiempo, porque mientras redacté la crónica en un papel, a lápiz, y luego la pasé directamente. Se la entregué a este señor, la leyó de arriba abajo y me dijo: “Está muy bien, venga mañana a cobrar y el viernes venga a la tarde así vemos qué partido le toca”.

-¿Qué pensaste en ese momento?
-Fue una alegría muy grande, por más que yo estuviese muy seguro.

BONINI, SORIANO Y EL TELÉFONO…

-¿Quién era ese señor?
-Era el jefe de deportes. Se llamaba Héctor Raúl Bonini. Muy pronto nos tuteamos, claro. A los dos o tres años, a él lo contrataron para dirigir el diario “El Fénix”, de Juárez. Y yo quedé como jefe de deportes en El Eco. Bonini era una excelente persona. Falleció bastante joven, de cáncer.

-¿Se encontraban con Soriano en la cancha?
-No, pero yo alcancé a trabajar un breve lapso con él, los domingos en Actividades. Resulta que le pasaba lo mismo que a Bonini, no tenía quien le cubra esos partidos de las poblaciones de campaña. Y entonces me llamaba a mí a El Eco para que luego de terminar la crónica, vaya hasta Actividades para hacer lo mismo, con texto cambiado, claro. O sea que cobraba doble, era increíble. Y aunque te parezca mentira, gracias a ese llamado de Soriano aprendí a usar el teléfono.

-¿Cómo?
-Tal como lo escuchás. Había pocas casas con teléfono por la época. Y yo nunca había hablado en mi vida. Aprendí en el diario. Se pedía el número a través de una operadora. Y en lugar de seis como ahora, había cuatro para Tandil. El Eco era 4561.

-¿Durante mucho tiempo cubriste esos partidos fuera de la ciudad?
-No, apenas cuatro o cinco domingos consecutivos. Creo que Bonini, sin decirme que se trataba de un premio, al quinto encuentro me premió mandándome a cubrir el clásico. Ahí sí me pareció tocar el cielo con las manos. Por entonces, Ferro y Santamarina llevaban muchísima gente cada vez que se enfrentaban. Se hablaba toda la semana de ese partido. Jugaron en la cancha de Ferro y recuerdo que me “maté” con esa cobertura. Hice la crónica, el comentario aparte, entrevistas a los jugadores en el vestuario tras el partido y como si fuera poco, apostillas.

-¿Estuviste mucho tiempo en deportes?
-Bastante. Siete u ocho años. Luego, como hicieron otros compañeros, pedí “el pase” a locales. Pero mientras tanto, se hacía de todo en el diario. Éramos pocos en la redacción y cuando había vacaciones o ausencias por enfermedad o cualquier motivo, nos podía tocar policiales, municipales, lo que fuese. Y te comento otra cosa: en los años de la dictadura, era una ventaja estar en las páginas deportivas.

-¿Por qué?
-Porque era la única manera que teníamos de expresarnos con opiniones personales, con comentarios. Uno podía decir que Mestelán (Luis, el presidente de la Liga de Fútbol) era bueno o era malo, y no había problema. Entonces yo me desquitaba haciendo comentarios deportivos, no solamente sobre temas locales sino también nacionales. Me gustaba mucho Dante Panzeri, con ese estilo crítico, ácido. Él murió en el ’78, poco antes del Mundial famoso.

-¿Qué más recordás de los años de la dictadura, en cuanto al trabajo periodístico en el diario?
-A mí no me costó, como a mucha gente, convencerme de las atrocidades que luego se supieron a través de las investigaciones y del “Nunca más”, porque en el diario había tenido algunas vivencias muy claras. Por ejemplo cuando Adolfo Pérez Esquivel salió elegido Premio Nobel de la Paz, a nivel mundial obviamente, por la agencia oficial Telam llegó un cable por el cual el gobierno “sugería” brindar el menor espacio posible a dicha información. Y obviamente que esa sugerencia era una orden. Otra vez, me tocó cubrir una conferencia de prensa por parte de los militares, en la que se anunciaban detalles de un gran desfile que se haría por la avenida España con motivo de un 9 de julio. Creo que también por 1980 u 81. Al terminar,  como si fuéramos soldaditos, nos dijeron: “Y mañana quiero ver en los diarios grandes titulares y muchas fotos anunciando este desfile…”

RUGBY, TURF Y POLICIALES…

-¿Cómo te manejaste al frente de las páginas deportivas? ¿Eran varios?
-No, estaban los “cronistas volantes”, o sea los que cubrían los partidos de fútbol los domingos, como lo hice yo en mis comienzos. Muchas veces no se podía cubrir todas las canchas y entonces yo tomaba por la radio una síntesis, más los equipos, y con esos datos preparaba la crónica. Además yo tenía un coraje a toda prueba y llegué a cubrir rugby también, cuando se puso de moda. Empecé a ir a los partidos, en las canchas de Uncas y Los Cardos, sobre todo. Fui aprendiendo el léxico, las principales jugadas, y hacía los comentarios de los clásicos locales de ese deporte… También cubrí los clásicos de básquet, entre Independiente y Santamarina. Y cuando don Ernesto Palazzo se tomaba vacaciones, yo lo reemplazaba en locales, policiales y en la cobertura del turf, que él realizaba.

-¿Es cierto que se terminaba muy tarde, a veces de madrugada?
-Durante un tiempo sí. Yo quedé en forma efectiva en el diario, por el cierre, precisamente. Luego de estar un par de meses apenas como “cronista volante”, un compañero, de apellido Abásolo, se fue a vivir a Buenos Aires. Él era el corrector del cierre. Y yo lo reemplacé. A veces se hacían las cuatro de la mañana, o más. Porque hubo un largo período en que las viejas linotipos funcionaban muy mal y eso producía el atraso. Había que corregir las pruebas de galera y luego las pruebas de página. Todo compuesto con plomo. Los textos en las linotipos y los títulos los hacían los tipógrafos a mano, letra por letra.

-¿Maestros?
-Sí, claro que los recuerdo con mucho cariño. Se aprendía mucho. Calculá que empecé trabajando con Hugo Nario, Ernesto Palazzo, Ovidio Saglul, entre los permanentes. Pero entre otros colaboradores estaban Ambrosio Renis y Juan Antonio Salceda, nada menos. Y yo tenía contacto con ellos. Un lujo.

JUAN DEL RECINTO, LA VIDRIERA Y DESPUÉS…

-¿Algún otro momento interesante, antes del surgimiento de “La Vidriera”?
-Sí, los cuatro años en que cubrí el Concejo Deliberante, entre 1987 y 1991. Me divertí mucho, porque iba a las sesiones y hacía las crónicas. Pero al día siguiente publicaba una columna que había fundado Ernesto Palazzo, llamada “Banca 21”. En realidad cuando él la empezó había 18 concejales y entonces el nombre era “Banca 19”. Lo cierto es que en esa columna yo hacía un comentario muy particular, donde a los concejales les inventaba sobrenombres. Recuerdo, por ejemplo, al “Tupac” Sentís (porque tenía por entonces la librería). El “Torito” Urruty, entre otros. En realidad lo hacía “a imagen y semejanza” de Carlos Alfaro, que por la década del sesenta hacía la crónica de las sesiones de la Liga de Fútbol y le ponía sobrenombres a los delegados de los clubes. Y firmaba esas notas como “Juancito de la Púa”. Yo firmaba como “Juan del Recinto” esos comentarios de “Banca 21”.

-¿Y “La Vidriera”?
-Otro sueño. Porque la verdad que siempre tuve preferencias por el periodismo periódico. No es ni mejor ni peor, como práctica periodística. Pero me gusta más a mí. Tal vez porque se asemeja más al libro. Siempre digo que ciertas notas para un semanario o mensuario, “se hacen libro al andar”. Porque en ciertos casos, no pierden vigencia nunca. Y algún día pueden editarse con formato de libro. Entonces, volviendo a tu pregunta, cuando Rogelio decidió dar el trascendental paso de sacar el diario con sistema off-set y además salir los domingos, se me ocurrió lo del suplemento, que hicimos junto contigo, Ana, durante 16 años. Es bastante...

-Bueno, pero ese “matrimonio” de alguna manera se interrumpió hace un año, cuando decidiste quedarte solamente con la contratapa.
-Y la mitad de la página once, que es un espacio para poetas de la ciudad. De paso, los invitamos para que nos manden… Bueno, pero es todo un cambio, sí. Una página en lugar de seis, o lo que fuese. Es mucha diferencia, porque además eso implica “correrse” de la co-coordinación que hacíamos juntos. Recuerdo que el último mes fue agosto de 2008. Y no es casual. Ese mes cumplí 40 años en el diario, después de aquella crónica en Loma Negra, con el micro del club Defensa Tandil, como te contaba hace un rato. Y bueno, todo un símbolo. 40 años es un pilón…

-Algo así como una búsqueda personal, contar con más tiempo para vos mismo.
-Sí, porque vos sabés muy bien que soy bastante “hincha” con el material, con la redacción, con el estilo, con el pulido. Desgrabar esos enormes reportajes, de por sí implican mucho tiempo. Pero además, yo los releo pila de veces para evitar redundancias, para inventar preguntas si las respuestas de los entrevistados son muy largas, incluir subtítulos, un título aparte, un recuadro. Buscar fotos. Recuerdo, por ejemplo, una entrevista con Américo Reynoso, hace poco más de un año. Tenía todo. Mucho material y muy rico, varias fotos. Pero me pareció que no podía salir la nota sin una foto con Reynoso en la puerta de Unión y Progreso. Y un sábado a la mañana lo fui a buscar expresamente para eso. Fuimos hasta Villa Italia y registramos esa foto.

-Un trabajo de edición que lleva mucho tiempo.
-Demasiado. Porque además tengo otras ocupaciones, libros proyectados. Y me gusta disfrutar de la vida al aire libre, ir a correr, tener tiempo para mí mismo. Ya que surge el caso, que quede claro que no abandoné todo ese “paquete” por un tema de dinero. Todo lo contrario, con Rogelio hemos tenido siempre buenos espacios para el diálogo y los acuerdos. Fue una cuestión de tiempos y espacios personales.

-Pero me consta que te costó mucho tomar la decisión.
-Exactamente nueve años… (risas). Cuando cumplimos siete, recuerdo que te lo comenté tomando un café en el bar del Plaza…

-Sí, que yo casi me infarté. Después me lo comentaste tantas veces que lo fui asumiendo…
-Y bueno, pero aquí estamos. Como te habrás dado cuenta, no pude cortar del todo el “cordón umbilical”… Pero mejor, es como un mimo para mí seguir haciendo aunque sea una página y en una de esas también para ustedes y para los lectores. Ojalá.

DE SERRAT Y ZARINI AL PERIODISMO DE GÉNERO…

-¿Recordás algunas entrevistas o entrevistados en forma particular?
-Con respecto a las realizadas para La Vidriera, son infinidad. Podría publicar varios libros, porque la mayoría de ellas no ha perdido vigencia, sino todo lo contrario. Desde que empecé en el periodismo, podría mencionarte la entrevista realizada en 1971 al doctor Osvaldo Zarini, para la revista que tuvimos, “Tandil, su vida y su gente”. No sólo por lo que significó Zarini para la ciudad, sobre todo por la creación de la Universidad, sino porque fue la única que se le hizo. No hubo más, en ningún medio. Y ese mismo año entrevisté a solas a Joan Manuel Serrat, cuando actuó aquí en el Santamarina. Conservo todavía la foto como un auténtico hallazgo arqueológico...

-No sólo que te resulta imposible abandonar el periodismo sino que incluso estás participando en un grupo de periodistas con visión de género.
-Sí, P.A.R., que significa Periodistas de Argentina en Red por una comunicación no sexista. Somos cerca de 200 personas en el país, la mayoría colegas mujeres y algunos varones. Pero no es algo nuevo, te aseguro que desde chico fui un poco feminista.

-¿En serio? ¿Por qué?
-Por un detalle contundente: me llamaba la atención cuando alguna mujer conocida, al casarse,  pasaba a llamarse Juana Gómez de Pérez, por ejemplo. No estaba de acuerdo para nada en que pase a ser “mujer de”. Y ahora puedo darme el gusto de escribirlo y participar también. Hay mucho para hacer en ese terreno, porque la sociedad sigue siendo tremendamente machista. Y desde los medios podemos aportar nuestro granito de arena con el lenguaje, por ejemplo. No decir jamás “crimen pasional”, porque de ese modo suavizamos la barbarie. Es un crimen como cualquier otro. Y no hablar de “violencia doméstica” porque es una simplificación y es incorrecto. Es “violencia machista”, directamente.

-¿Presidenta, entonces?
-No tengo dudas. En primer lugar, la Real Academia ya lo ha aceptado. Pero más importante es el uso y las costumbres. A mí me choca leer o escuchar “la ministro”, por ejemplo. Me suena muy mal al oído. Creo que quienes alegan cuestiones gramaticales en esta discusión, en el fondo están poniendo en evidencia su machismo y conservadurismo. Mujeres incluidas, porque al fin y al cabo las mujeres machistas no son culpables, proceden de una sociedad patriarcal a ultranza.

ANTES Y AHORA EN EL PERIODISMO

-Vos que empezaste con las viejas Remington y Olivetti. Al margen de la tecnología, ¿qué otras diferencias notás en el periodismo de antes y el de ahora?
-Antes era todo más artesanal, no solamente las máquinas. No existía el “periodismo institucional”. Ahora no solamente los grandes organismos (Municipalidad, Universidad) tienen equipos de prensa y envían el material redactado y hasta con fotos a los medios; hasta los clubes lo tienen. Antes eso era inimaginable. Teníamos que escribir todo en esas Remington.

-¿Se escribía más, entonces?
-Sí, aunque había menos espacio, eran diarios más pequeños. Lo que pasa ahora es que no hay plumas, no hay escritores. Y esto es un tema mundial o por lo menos nacional. Cada vez hay más escuelas o facultades universitarias de periodismo, pero no dan en la tecla en esta cuestión de la redacción. En ese sentido hay una gran falencia que procede de la escuela, tanto primaria como secundaria. Se lee y se escribe muchísimo menos. Y eso después se nota en cualquier carrera universitaria, incluso en las humanísticas o comunicacionales.

-¿Qué te gusta hacer en los momentos libres, además del contacto con la naturaleza?
-No soy persona de hacer nada. Si ya me desperté, prefiero levantarme aunque sea temprano, salvo que haga un frío inmenso. Pero eso no quiere decir que tenga que hacer permanentemente algo “productivo”. Tomar sol o tomar un café con la gente que uno quiere, es tiempo valiosísimo. Tanto como escribir, leer, ver cine o teatro o escuchar música. Pero es muy recomendable, sobre todo a nuestra edad, la actividad física. Yo además de ir a correr voy a yoga y a veces a gimnasia también.

-¿La familia? ¿Los chicos?
-El concepto de familia para mí es algo muy amplio, donde a veces incluimos, con todo derecho, a la gente que más queremos, aun sin haber lazos de parentesco. El diario, por ejemplo, en mis comienzos fue para mí una gran escuela y una familia a la que mucho le debo. En lo estrictamente parental, si uno ha tenido buenos modelos familiares, como los que yo tuve, luego se transmiten a los gurises. Por eso a mis tres hijos los defino públicamente como maravillosos. Ellos están viviendo en Buenos Aires porque dicen que tienen más campo para desenvolverse en lo que hacen, carreras y profesiones humanísticas y artísticas. La verdad que en ese sentido no puedo quejarme. Ahora con respecto al concepto clásico de familia, en lo personal no creo en el matrimonio como institución. No creo que sea demasiado normal pensarlo “para toda la vida”. Lo fundamental es que la convivencia o la post-convivencia sean civilizadas.

-A ver…
-Claro, te lo amplío. A mí por ejemplo me provoca un gran placer el hecho de poder tomar un café o ir a cenar con mi ex mujer, o viajar juntos a Buenos Aires para algún cumple de los niños. Cuando eso ocurre, podemos decir que el concepto de familia sigue existiendo, más allá de los convencionalismos, o de ciertas normas de la sociedad. Y para alguien como yo, con una filosofía de vida libertaria y casi linyera, es un resumen muy convincente...

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