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OSCAR EMILIO SOLANET, DE LA ESTANCIA EL CARDAL

Tras los pasos de los legendarios caballos Gato y Mancha
Por Néstor Dipaola

En Estación Solanet, partido de Ayacucho, se encuentra la estancia “El Cardal”, propiedad de la familia que fue pionera en dicho lugar. Allí entrevistamos a Oscar Emilio Solanet, hijo del doctor Emilio Solanet. Este, fue pionero del haras que dio lugar al ordenamiento y mejoramiento genético de los caballos criollos. De ese lugar son los célebres pingos “Gato” y “Mancha”, que allá por 1925 cumplieron la inigualada hazańa de unir Buenos Aires con Nueva York.

Con su jinete, el suizo Aimé Tschiffely, atravesaron cordilleras, grandes elevaciones, precipicios, calor, frío, desbarrancos  y otras aventuras.
Desde hace seis años están en El Cardal los restos del suizo, a metros de donde están enterrados los caballos.
El lugar es conservado de la mejor manera posible, con un gran esfuerzo de la familia Solanet.
Una historia digna de ser conocida.
Es parte de nuestra cultura y nuestra identidad.

UNA HISTORIA QUE COMENZÓ CON EL ABUELO FRANCÉS

-¿Cuál es el origen de esta historia tan amplia como apasionante?
-Mi padre recién se había recibido como veterinario y se vino para este campo que había comprado mi abuelo, don Felipe Solanet, de origen francés, que falleció joven.
-¿Qué empezó a hacer su padre allí?
-El se dedicaba a comprar hacienda que venía del sur del río Colorado, y siempre ponía atención en los caballos de quienes se dedicaban a arrear esas reses.
-¿Qué caballos usaban esos reseros?
-Precisamente, caballos criollos. Eso a mi padre le llamó la atención. Los reseros eran de más lejos todavía, de Río Senguer, a la altura del Lago Fontana.
-¿Y se entusiasmó con esas historias?
-Sí, a tal punto de que se tomó un barco y se fue hasta Comodoro Rivadavia. Desde allí, con un guía, recorrió toda la zona que ocupaban los tehuelches y los cristianos también. Y se encontró con que todos tenían cantidades inmensas de criollos puros.

84 REPRODUCTORES, DE LA PATAGONIA A AYACUCHO

-¿Se propuso traer unos cuantos para estos pagos?
-Realizó un gran trabajo de selección para traer, en ese viaje, 84 reproductores, la mayoría yeguas, para El Cardal. Así empezó con la cabaña de criollos.
-Luego del éxito de la aventura de Tschiffely, ¿su padre decidió respaldar totalmente a estos caballos.
-Claro, le dio un impulso muy grande a la raza. Y hoy día es la que tiene en el país mayor cantidad de animales registrados. Es la más numerosa.
-¿Actualmente se los utiliza poco para las tareas de campo?
-No vaya a creer. El caballo ha sido desplazado en algunos aspectos, pero por ejemplo en estas zonas de cría, a veces los campos se llenan de agua y el caballo es la única herramienta que usted puede utilizar.
-Además de la parte económica.
-Seguro. Con mil pesos o poco más, se compra un caballo que después lo va a tener por veinte años. Imposible una herramienta más económica. En muchas provincias hay campos de 20 ó 30 mil hectáreas, con potreros inmensos, que hay que recorrerlos a caballo. También es utilizado el criollo para los desfiles de los Centros Tradicionalistas, para jineteadas.
-¿Qué pelaje predomina en el caballo criollo?

-El típico es el gateado. Pero posee una variedad de pelajes que ninguna raza la tiene, como el alazán, el picazo, el overo, muchísimos. Mi padre es autor de un libro que se llama precisamente “Pelajes criollos”.
-¿Y para las prácticas deportivas?
-Se lo usa mucho. Por ejemplo para equitación. Antes incluso para polo, pero ahora se busca animales más veloces. Tiene condiciones para pique también, pero para distancia corta.

TAMBIÉN SAN MARTÍN Y BELGRANO

-¿Se los ha utilizado mucho para el Ejército?
-Sí, históricamente le diría. Los caballos que utilizaron San Martín y Belgrano para sus campañas, eran criollos puros. Lo que pasa es que después, a partir de 1860 aproximadamente, empezó a  haber una importación de diferentes razas. Pero la raza original es la criolla, que es el caballo que trajeron los españoles hacia distintos puntos de América.
-¿Por qué prosperó en algunos lugares más que en otros?
-Por un lado, por el clima.  Sobre todo en los países tropicales, la raza no se pudo desarrollar. En otros casos, la raza se fue perdiendo porque nadie hizo el trabajo que inició mi padre, de organizar la raza.
-¿Tuvo apoyos para concretar tan notable iniciativa?
-Sí, ya que él solo no hubiera podido organizar de esa manera la raza de caballos criollos. Muchos criadores lo fueron apoyando y hoy es la raza más importante no solamente en Argentina sino también en el Uruguay, Paraguay, Brasil, Chile. Desde El Cardal han salido reproductores para distintos lugares. A tal punto de que existe un libro, llamado “Raza criolla”, que es un poco la historia de la cabaña, el origen del haras.
-En los tiempos de uso intenso del caballo para tareas de campo, ¿tenían mucha cantidad?
-No, con 80 yeguas para reproducción alcanzaba. Porque no se apunta a la cantidad sino a la calidad. Siempre decía mi padre que el secreto estaba en la selección, tanto para yeguarizos como para vacunos. Y él se dedicaba precisamente a seleccionar.

LOS CABALLOS CRIOLLOS, HOY

-¿Continúan enviando ejemplares a las principales exposiciones?
-Sí, aunque no me dedico ni remotamente a esta actividad como él lo hacía, pero lo seguimos haciendo. Hay un calendario anual establecido por la Asociación de Criadores de Caballos Criollos, que empieza en febrero en Ayacucho. Y luego está la Muestra de Otoño, que es la más numerosa de la raza, en la Sociedad Rural de Palermo, donde también se nos invita a la exposición anual. Allí se llevan mucho menos ejemplares, por razones lógicas de espacio. Después, casi todas las provincias tienen sus muestras anuales. Nosotros vamos solamente a Ayacucho y Palermo.
-Un buen ejemplar de esta raza, ¿en qué valores se cotiza actualmente?
-Si no me equivoco, en la última Exposición de Otoño se vendió un padrillo en 50 mil pesos.
-¿El término promedio de vida cuánto es?
-Algo menos de 30 años. De 20 a 25 de vida útil. Depende del trato que se le dé.
-O sea que Gato y Mancha también cumplieron con la hazaña de la longevidad.
-Sí, hay una foto cuando bajaban del barco, después del viaje, en que se lo ve al Mancha retozar por Palermo como si fuera un potrillo. Dormían a la intemperie y murieron los dos con más de treinta años de edad.
-¿La longevidad fue también una característica del caballo criollo?
-Totalmente. Los caballos traídos por los españoles se fueron reproduciendo. A través de cuatro siglos soportaron temporales, ataques de pumas y demás. Y fueron sobreviviendo los más fuertes. Por eso se logró, a través de una selección natural, una raza tan resistente. Es la mejor selección que hay, porque el hombre podrá ser muy capaz, pero no podrá hacer nada frente a lo que está dado por naturaleza.   

EL GRAN PIONERO DON EMILIO SOLANET

-¿Dónde nació su padre?
-En Ayacucho, en el año 1887. Y murió en esta misma ciudad, en 1979, con 92 años. Su padre, don Felipe Solanet, había llegado a la Argentina en 1870, de una región del sur de Francia. Y su mamá, o sea mi abuela, era argentina.
-¿Su abuelo francés se dedicó al campo desde que llegó de Europa?
-Sí. Un primo de él estaba instalado en un paraje del partido de Las Flores llamado El Toro y allí estuvo un tiempo, hasta que se vino para esta zona. La razón por la que se vino no la sé. Después se casó con Emilia García Ibáñez, que era mi abuela, cuya familia también tenía campo. Y así se inició El Cardal, en 1882.
-¿Exactamente en este lugar?
-No, a muy corta distancia, en un campo que actualmente se llama San Pedro y es de la familia Solanet también.  En la década de 1890 anexaron otro lote de campo que incluye el predio donde se construyó el casco, donde estamos en este momento.
-¿Entonces la célebre matera, hoy museo, donde prefería estar Tschiffely junto a su padre, ya venía de antes?
-Sí, porque en ese predio estaba una gente de apellido Suárez, que eran los fabricantes de Geniol. No sé si arrendaban o eran dueños. Y mi padre siempre me decía que la materia y esas primeras edificaciones asentadas en barro, que aún se conservan, eran de 1880. Y se mantiene también lo que nosotros llamamos cabaña, o galpón de cuida, donde se preparaban y seguimos preparando nosotros los caballos para exposición.
-¿Y la casa familiar antigua?
-Ahí vivían mis abuelos. Mi abuelo falleció joven, y mi padre en 1920 construyó este chalet, el actual casco.  La vivienda antigua la destinó al personal que trabajaba. Mantenemos todo esto con mucho esfuerzo personal, familiar, porque son otros tiempos.
-Sabemos que su padre tuvo una vida muy activa. ¿Qué otras cosas realizó?
-Además de dirigir el campo y el haras, fue profesor de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires, escribió  varios libros, tuvo participación en política.
-¿Pero no estaba mucho en Buenos Aires?
-No, le gustaba la vida de campo. Por eso las autoridades de la facultad le concentraban las horas de sus cátedras en dos o tres meses del año. Los dos o tres años de su vida no se movió de acá. Cuando se descompuso para morir, estaba aquí en El Cardal. Estuvo internado dos días en Ayacucho y falleció. Esa foto que usted ve en un cuadro, fue sacada cuando tenía 89 años.
-¿El nombre “Solanet” para la estación ferroviaria seguramente es por el predio cedido a la empresa del ferrocarril?
-Sí, tal como se estilaba en la época. El dueño del campo cedía el espacio para instalar la estación y la empresa le ponía el nombre del propietario. Aunque mi abuelo pidió ponerle El Cardal, pero no se pudo porque había otra estación que se llamaba Los Cardales, cerca de Luján.
-¿Cuál es el parentesco con el doctor Pedro Solanet?
-Fue un médico, hermano de mi padre, que fue médico veterinario. Los dos se recibieron con medalla de oro en la Universidad de Buenos Aires. Mi tío pudo dedicarse poco al campo porque además de ejercer como médico, se volcó también a la política. Fue Intendente de Ayacucho y vicegobernador integrando la fórmula con Cantilo, por el partido Radical. Además falleció joven, con algo menos de 50 años.

LA TRASCENDENCIA MUNDIAL DE GATO Y MANCHA

-Como descendientes de ese gran pionero que fue su padre, ¿qué significa para ustedes emocionalmente el tema de Gato y Mancha?
-Para la raza criolla fue un gran impulso. Para mi padre fue una gran satisfacción y un orgullo que conservó durante toda su vida. Por ejemplo cuando me veía a mí con algún amigo en forma reiterada, solía decir: “Ustedes son como Gato y Mancha...” Y cosas así. En cuanto al viaje, tuvo  trascendencia mundial. Nunca fue superada la hazaña, tanto por la distancia cubierta como por las complicaciones. Llegaron a alturas de 5.900 metros en la Cordillera de los Andes.
-Por otra parte, es un acontecimiento que se sigue evocando.
-Tanto es así que el año pasado un escritor suizo dio una charla en Ayacucho y estuvo presente el embajador de Suiza en Argentina. Me decía que antes de partir para hacerse cargo, en su país le recomendaron que lea el libro con las memorias de Tschiffely sobre el raid de Gato y Mancha. Y hace poco vino un productor de televisión inglés que realizó aquí un trabajo para editarlo y venderlo al History Channel, que es un canal de historia, con mucho material documental. Se va a poder ver a partir de octubre de 2004.
-Luego de ese impresionante raid, ¿su padre entabló amistad con Tschiffely?
-Sí, hasta el momento de la muerte del suizo, ocurrida en el año 1950. En la colección de fotos de la matera tenemos una foto en la que ellos dos se encuentran en Londres poco antes de morir Tschiffely.

EL SUIZO Y LOS DOS CABALLOS CRIOLLOS

-¿Qué decía su padre del suizo? ¿Cómo lo describía?
-Es posible que al principio no le haya tenido demasiada confianza acerca de su proyecto, porque si bien le dio caballos para que elija, los que le facilitó eran todos caballos grandes. Gato tenía 15 años y Mancha 16, tal vez pensando un poco que si se malograban los caballos, no perdería animales nuevos. Pero después se comprobó que se ganó en experiencia por parte de los caballos.
-¿Sobre todo para sortear las enormes dificultades de semejante raid?
-Seguro. Al tener más edad, esos caballos tenían experiencia para andar por esos terrenos, o para darse cuenta de ciertos peligros. Cierta vez el suizo los quiso dejar en un lugar para pasar la noche y que pastaran, pero descubrió que se volvían. Consultó con un indígena del lugar, que dijo que por la zona solí haber pumas. Es muy posible entonces, que los animales hayan olfateado el peligro. En otra ocasión, el Gato se desbarrancó en un camino de cornisa y quedó  enganchado en un árbol. El caballo, en lugar de asustarse y empezar a patear, se quedó quietito. Luego, con la ayuda de su compañero y sogas, se lo pudo rescatar.

JUNTOS, EN EL CARDAL

-¿De qué manera surgió la iniciativa de traer los restos de Tschiffely aquí, a El Cardal?
-Cuando él muere en Londres, hay una carta que yo conservo acá, de la viuda, donde le dice a mi padre que ella había resuelto mandar las cenizas de Tschiffely a la Argentina, para que estuvieran cerca de los caballos. Entonces esos restos llegaron al país en 1954 y se depositaron en el cementerio de la Recoleta. Y hace unos años, releyendo ese material, se nos ocurrió que sería más oportuno que los restos de Tschiffely descansen en el mismo lugar donde están enterrados los dos caballos criollos de la hazaña.
-¿Cuándo se hizo ese acto?
-En 1998, aquí en El Cardal. Invitamos a familiares del suizo y vinieron dos sobrinas nietas por parte de su mujer, Violeta Hume, argentina de origen inglés. El no tuvo hijos. Vinieron delegaciones de jinetes a caballo de Tandil, Ayacucho, Balcarce, Napaleofú. Se juntó muchísima gente amante del caballo, sobre todo en reconocimiento a esta hazaña. 
-¿Hoy en día viene gente a ver este lugar histórico?
-Sí, pero no lo hacemos con un criterio turístico, eso no nos interesa. Recibimos invitados, gente que realiza contactos.
-¿Chicos de las escuelas?
-Sí, vienen delegaciones de escolares con las respectivas maestras. Nos parece fundamental que se conozca nuestra propia historia. Cada pueblo, por insignificante que sea, ha tenido personas que se han destacado, que han hecho cosas. Mi padre, en materia hípica, ha sido considerado siempre una autoridad mundial. No es porque sea él, pero estoy convencido de que esas historias deben conocerse.

La carta del suizo a Solanet, pidiéndole los caballos para la expedición

La carta que le escribió Aimé Schiffely al doctor Emilio Solanet, dice, en los conceptos más ilustrativos:

“Tengo el propósito de hacer un viaje a caballo exclusivamente, partiendo de Buenos Aires para llegar vía Chile, Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, México, California, Salt Lake City, Chicago, Nueva York. Mi deseo es, de ser factible la empresa, utilizar para el raid sólo caballos criollos tipo argentino, para demostrar así de modo concluyente, por cierto mejor que con una carrera de 12 horas o con un raid Buenos Aires -  Bahía Blanca ida y vuelta, las bondades del caballo criollo.
Me gustaría hacer el viaje en las condiciones más naturales posibles, dejando de lado todo lo que pudiera constituir una ayuda artificial para los caballos. Naturalmente, yo cargaría con el costo del viaje y creo necesario llevar a un paisano de acompañante como inmejorable conocedor de los caballos.
Soy suizo, de 29 años, con cinco de residencia en Inglaterra y nueve en Quilmes. Conozco el castellano, inglés, francés y alemán. Soy bien conocido en la colonia británica en la República, y tengo la seguridad de recibir valiosa ayuda en los Estados Unidos.
Estimo que la realización del raid en cuestión, que sería único en los anales del hipismo mundial, constituiría, en caso de éxito, una propaganda inestimable para el tan difamado caballo criollo. Y si se utilizaran por mitad, criollos y mestizos, a razón de cuatro animales por hombre, el éxito para los primeros sería más concluyente todavía y despertaría, como lógica consecuencia, el interés de los oficiales encargados de la remonta de los grandes ejércitos.
Como criador del caballo criollo, me agradaría mucho conocer su opinión autorizada con respecto a las perspectivas que ofrece tal raid, como asimismo cualquier indicación que para su mejor éxito pudiera facilitarme usted.
Huelga decir que estoy todo a sus órdenes para proporcionarle más detalles acerca de la idea.
Esperando con interés el favor de su contestación, me es grato saludar a usted muy atentamente.
AIMÉ  F. TSCHIFFELY

Y además...

También se lo ve al suizo en la legendaria matera, en ocasión en que dejó este testimonio:
“Durante algún tiempo charlamos e hicimos chistes en el almacén y luego de nuevo montamos y alegremente galopamos hacia la estancia, donde sabíamos que un costillar de cordero y de mulita estaban haciéndose al asador, junto al fuego. Tras haber atado nuestros caballos a unos postes, todos nos pusimos en cuclillas, en círculo, sacamos nuestros largos cuchillos de la vaina que había en nuestros cinturones y nos consagramos a cortar los pedazos que más nos gustaban”.

Roberto Cunninghame  Graham, experto inglés, al contemplar una pintura de Gato y Mancha por Cordiviola, dirige desde Londres una carta a Emilio Solanet. En un párrafo –luego convertido en postal por el pionero de El Cardal- se expresa:
“Dichos pingos pertenecen espiritualmente a todos los jinetes del mundo, a todos los que en una mañana, cuando la escarcha blanquea los pastos del campo hayan salido a parar rodeo, hayan cazado los cíbolos del Norte o hayan corrido bajo los soles ardientes de los llanos de Venezuela o en cualquier otra parte del orbe.
Suyo, amigo que admira sus importantísimos trabajos en cuanto a la mejora del caballo criollo”.


Un vals para Gato y Mancha

Desde Río Senguer, Chubut la provincia,
sale una manada rumbo a Solanet.
Y son los criollos del galope corto,
del aliento largo y el instinto fiel.

Don Emilio lucha, rescata una raza,
y adquiere los criollos al gran Liempichun
que era un jefe indio de la Patagonia
que lleva en la marca del corazón.

Desde Buenos Aires le escribe una carta
un profesor joven, don Tschiffely, Aimé;
que es de origen suizo, pero gaucho de alma,
con un sueño en mente que cumple después.

“Como usted entiende de la raza criolla
y algo yo entiendo, le pido, señor...
me ceda una yunta pa’llegar con ellos
desde Buenos Aires hasta Nueva York”.
Don Emilio acude a ese pedido,
le entrega dos criollos que desde El Cardal
ya son trasladados hasta Buenos Aires,
esperando el día, allá en la Rural.

El Mancha es overo, rosado manchado,
por su parte el Gato, un gateado es,
teniendo  a la fecha del rey glorioso
uno quince años y otro dieciseis.

Una densa lluvia cae sobre Palermo
como bendiciendo el veintitrés de abril
año veinticinco, en que unos curiosos
socarronamente ya lo ven partir.

Inician la marcha, aimé Mancha y Gato
y un perro los sigue algo más atrás,
pero al corto trecho Mancha lo patea,
donde aimé decide al perro dejar.

Tras el accidente cruzan por Rosario,
Santiago del Estero, después Tucumán.
Y bandeando el Norte dejan la Argentina
entrando a Bolivia con rumbo a La Paz.

El suelo peruano después los recibe
y la Cordillera les muestra el rigor;
la altura, el clima, tormentas tremendas,
mas la marcha sigue y entra en Ecuador.

Pasan a Colombia y allí en Cartagena
la América muestra la parte central;
Panamá espera de brazos abiertos
y en barco cruzan los tres el canal.

De allí a Costa Rica, de allí a Nicaragua,
San José lo cruzan y El Salvador;
Guatemala dejan y entran a México
justo en un tiempo de revolución.

Tierra en que roban una noche al Mancha,
que al día siguiente va a recuperar.
Cruzan la meseta y Estados Unidos
le abre tranqueras al tramo final.

Tramo que realizan y que trae recuerdos
de alegrías, de penas, de hambre, de sed.
De fríos, de calores de veinte naciones,
más de cuatro mil leguas rendidas a sus pies.

Sólo con el Mancha por Washington entra
la Quinta Avenida desborda a la par.
Y lleva el Mancha un moño en el pecho,
celeste y blanco, que hace emocionar.

Después de agasajos y de conferencias
en barco regresan para su región.
Y al pisar el puerto de su Buenos Aires,
los pingos reciben la gran ovación.

Y los periodistas que tres años antes,
de absurdo y de loco trataron a Aimé
lo abrazan, lo elogian, lo cubren de notas,
sienten y comparten la emoción de él.

Después de la hazaña, a El Cardal regresan,
donde retozando en paz se los ve,
y a pesar de todo el esfuerzo hecho,
con más de treinta años morirían después.

Cuando en Inglaterra don Tschiffely muere,
hasta Buenos Aires las cenizas van.
Después en un acto más que emotivo
trasladan la urna hasta El Cardal.

Ya los tres amigos de vuelta están juntos,
hoy son tres estrellas que en el cielo están,
reviviendo aquella hazaña que al mundo
asombró y que nunca podrán igualar.

Dios bendiga al Mancha, Dios bendiga al Gato,
Dios bendiga a un criollo, don Tschiffely Aimé
y que Dios bendiga a El Cardal, la estancia,
a la raza criolla y a los Solanet.

LETRA Y MÚSICA: Carlos Sferra, payador y cantautor de Ayacucho.

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- Néstor Dipaola -
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Tandil - Provincia de Buenos Aires - Argentina