Entrevistas
CARLOS MARCELO PEREZ CAMBET
Una historia a partir del abuelo inmigrante
Por Néstor Dipaola

* Carlos Marcelo Pérez Cambet nació en Ayacucho el 24 de mayo de 1918.

* Vive en Tandil desde los 10 años. Se recibió de maestro en la Escuela Normal y para ser también bachiller rindió materias en Azul. En la Universidad Nacional de La Plata se graduó primero como farmacéutico y luego como doctor en Bioquímica.

* Fundó en 1946 el laboratorio de análisis clínicos que todavía posee en Mitre casi 9 de Julio, al lado de la Farmacia Pérez, que tiempo antes había instalado su padre.

* Cuatro hijos: Carlos y Lucía, de su primer matrimonio. Y Marina y Pilar, del segundo, con la doctora María Luisa Mauco. Tiene cinco nietos.

* Aunque asegura que nunca le interesó ser escritor, se siente muy satisfecho con este homenaje a su abuelo inmigrante que publicará muy pronto.

* Se define, en cambio, como “buen lector”: temas de Historia, Filosofía, Ciencias Políticas, “todo lo relacionado con la vida humana”.

* Le gusta el tango “porque tiene buena parte de nuestra raíz”, pero escucha todo tipo de música.


El sábado 11 de agosto, en el Centro Cultural Universitario, se presentará el libro “Mi abuelo Carlos y otros relatos”, de Carlos Marcelo Pérez Cambet.
Nativo de Ayacucho, reside en Tandil desde los diez años. Es doctor en Bioquímica y propietario de un conocido laboratorio ubicado en Mitre casi 9 de Julio, que él mismo fundó hace 55 años, en 1946.
Nieto de uno de los tantos pioneros españoles que optaron por esta zona para echar raíces, cuenta la aventura de su abuelo, que llegó solo desde la Europa lejana, con solamente quince años, casi un siglo y medio atrás.

-¿Cómo transcurrió esa niñez en su ciudad de origen?
-Ayacucho es el nido nuestro. La familia Pérez es muy numerosa, en base a dos matrimonios, los de Carlos y Benigno Pérez, con dos hermanas Loidi: Pilar y Josefa, respectivamente. El primero tuvo ocho hijos y el otro siete. Algunos de los quince tuvieron también mucha descendencia. Por eso que cuando era chico recuerdo que éramos alrededor de 50 chicos de corta edad, todos primos.
-¿La gente los conocía como “Los Pérez Loidi”?
-Sí, durante un tiempo. Pero finalmente todos fuimos conocidos como “Los Pérez de Ayacucho”, simplemente...
-¿Por qué se trasladó a Tandil su papá? ¿En busca de mejores perspectivas?
-No, no. Las perspectivas en Ayacucho eran buenas. Además, era gente de campo y con campo. Tenían algunos miles de hectáreas, pero se habían venido a menos económicamente.
-¿Cómo fue eso?
-Muerto el abuelo, y algunos inconvenientes, las cosas quedaron en manos de los hermanos de papá y sobre todo de los primos mayores, que no trabajaban mucho que digamos. O sea que no solamente no hicieron la fortuna sino que no procuraron mantenerla. El abuelo Carlos murió en 1903 y dos décadas después los descendientes se habían fundido. Entonces mi padre, que había estudiado farmacia (yo nací en la Farmacia Pérez de Ayacucho) y se dedicaba a eso, optó por venir aquí, me parece que más que nada para cambiar de ambiente, para salir de ese entorno familiar.

MAS DE SETENTA AÑOS VIVIENDO EN TANDIL

-¿En qué año se radicaron en Tandil?
-En 1928. Yo tenía diez años. Mi padre instaló la farmacia en un local que estaba en calle Paz, frente a la Farmacia Vasca. Hacia 1940 construyó el edificio actual de la Farmacia Pérez, en Mitre y 9 de Julio. Por 1915, siendo todavía soltero, ya venía por Tandil porque había puesto aquí un laboratorio de análisis clínico, similar al que tenía en Ayacucho.
-En su libro usted muestra alguna sorpresa por la profesión elegida por su padre...
-No me sorprende el deseo de evolucionar que tuvo papá. Lo que me sorprende es que proveniendo de una familia terrateniente haya elegido una profesión liberal.
-Que supuestamente no tiene nada que ver con la vida de campo.
-Ni con la vida de campo ni con la vida que hacían ellos en la familia. Porque sobre todo los hermanos mayores, eran unos terribles niños bien. No creo que hayan trabajado mucho en su vida. Mi padre contaba que cierta vez, ya fallecido el abuelo, un vecino le advirtió a mi abuela que fuera a ver unas hectáreas que algunos de sus hijos -hermanos de papá- habían arrendado cerca del límite con Tandil. Se hizo el recorrido y se encontró con que todo lo que allí había eran caballos de carrera. No había una sola vaca, que era el supuesto motivo por el cual habían contratado ese campo. Así que esa era la orientación “ganadera” de mis tíos...
-¿Usted llegó a estar algún tiempo en el campo?
-No, aunque mi padre conservó hasta su muerte un pequeño predio, con la esquina de campo donde mi abuelo tuvo la panadería y luego un negocio clásico en la época, donde se vendía y se compraba e incluso  se operaba a modo de banco. Al abuelo no le pagaban con dinero sino por ejemplo con cueros, plumas de avestruces, crines y otras cosas que él acumulaba y luego vendía. Ese lugar estaba ubicado en el camino de Ayacucho a Balcarce, cerca de Fulton, o sea en el límite con Tandil.
-¿En Tandil dónde estudió?
-Estuve un año en la Escuela Nº 1 y luego papá, que tenía una visión bastante clara de lo que era la educación, logró que pudiéramos rendir examen de ingreso en la Escuela Normal. Así que terminé la primaria y después me recibí de maestro. Después completé las materias en Azul para ser bachiller. Así pude ingresar en la Facultad de Química y Farmacia, en La Plata, donde también habían estudiado mi padre y un hermano suyo.

AQUELLOS MUCHACHOS DE ENTONCES

-¿Algunos compañeros que recuerde de la Escuela Normal, que luego hayan sido conocidos por sus actividades?
-Estaba Juan Carlos Pugliese, algo mayor que yo. Médicos como los Basílico, creo que también Pierre. Unos cuantos muchachos. La Escuela Normal era muy buena, en ordenamiento y en nivel académico. Todavía estábamos en el viejo edificio de Alem y Maipú. Tengo lindos recuerdos.
-¿En La Plata se recibió de bioquímico?
-Primeramente de farmacéutico. Con ese título vine a Tandil. Estuve un tiempo trabajando en la farmacia de papá, pero me di cuenta que quería otra cosa. Hice las valijas de nuevo, volví a La Plata e ingresé en la carrera de Bioquímica, en la misma facultad. Eran dos años más y una tesis de doctorado muy rigurosa, pero que por suerte pude realizar.
-¿Volvió enseguida a Tandil?
-Sí. Eso fue en 1946. Volví tan rápido que al mes siguiente de haber llegado ya había abierto mi laboratorio, en el mismo lugar que donde está ahora, 55 años después. De los que están vigentes, es el más antiguo. Antes había otros, por supuesto. Entre los que recuerdo, el de Alfredo Rozzi, Mahourat, Pérez Pombo, Vistalli, Avila.
-¿Difiere mucho el trabajo actual en un laboratorio con respecto a lo que ocurría medio siglo atrás?
-Sí, antes se requerían menos datos. Por eso todos los laboratorios eran unipersonales. Yo trabajé casi treinta años solo. Ahora se indican mucho más estos estudios. Por eso somos ocho bioquímicos actualmente. Es algo muy positivo realizar esta tarea en equipo, porque se profundiza mucho más. Los más viejos recibimos el aporte de los jóvenes, que vienen con otra preparación.

MEMORIAS DEL ABUELO

-¿Hubiera preferido aquella vida de campo que inauguró su abuelo Carlos en algún momento?
-Mire, mis antepasados son de la época fundacional de Ayacucho. Tanto los Pérez Loidi como los Cambet. Y son diferentes. Los Cambet fueron inmigrantes clásicos. La diferencia estuvo en mi abuelo Carlos Pérez.
-¿Por qué?
-Tuvo su sello personal. A través de lo poco que pude sacar a través de los relatos de mi papá y de algunos tíos, llegué a la conclusión de que era un aventurero. Fíjese que salió de España solo, a los 15 años, siendo adolescente. Primero estuvo en Cuba trabajando un tiempo. Después decidió seguir con rumbo a Buenos Aires y al poco tiempo se volcó a la aventura de las pampas cuando aquí todavía estaba todo por hacer. Así es como llegó a Ayacucho cuando este pueblo recién se había fundado; tenía nada más que un año.
-¿Qué otras características puede mencionar?
-El no permanecía mucho tiempo en su predio de Ayacucho, en su esquina de campo y después en su estancia, Santa Isabel. Le gustaba ir seguido a Buenos Aires y también a Colonia porque tuvo relación con gente del Uruguay. Tanto es así que en una esquina de campo que tuvo mi abuelo en La Pampa, dejó como encargado a un uruguayo. Cierta vez, este señor se le fue con el dinero y al tiempo se encontraron casualmente en Buenos Aires, en la avenida de Mayo. Y el oriental lo paró para pedirle disculpas, diciéndole que necesitaba imperiosamente ese dinero para usarlo en la revolución entre blancos y colorados que se había desarrollado recientemente. El le aceptó las disculpas porque en ese tiempo las cosas eran así, una especie de juego. En ese sentido, y ahora le respondo su pregunta inicial en forma concreta, creo que la vida era distinta pero se desarrollaba quizás en un esquema de actuación más lindo. Estaba en juego el patrimonio, el trabajo, y eso se ponía en práctica en el juego de la vida. En el “tome y traiga”, en el “gano y pierdo”, sin que tuviese lugar ese embretamiento en el individuo. Por todo eso me interesó escribir sobre la personalidad de mi abuelo.
-¿Lo observa, a la distancia, como la figura de un hombre libre?
-Sí, porque vino a buscar libertad y la obtuvo, la ejerció. A pesar de que murió joven, a los 55 años, creo que vivió muy bien, una vida linda, elegante, fluida, libertaria.
-¿Le dejó enseñanzas?
-A mí personalmente, sí. En mi vida he buscado eso, con todos los apretujones, sobre todo en esta vida tan estúpida que estamos viviendo, que en realidad parecemos más un matambre que otra cosa. El abuelo era bastante culto, muy buen lector, tengo todavía en mi biblioteca libros que fueron suyos.

LA TIA ISABEL Y ESE EXTRAÑO SILENCIO

-¿Esa simpatía por su figura, aun sin haberlo conocido, lo llevó a recordarlo y homenajearlo a través de este libro próximo a presentarse?
-Sí. Mi abuelo vivió en la Argentina poco más de cuarenta años, hasta su muerte. Hizo una buena fortuna, tuvo un buen pasar y llegó a ser una persona importante en Ayacucho y alrededores. Se interesaba por todo, estuvo en diversas instituciones. Pero en la familia se hablaba muy poco de él. Entonces empecé a preguntarme por qué había una especie de ocultamiento.
-¿Tendrá que ver también lo ocurrido con su hija mayor, es decir su tía Isabel, que usted menciona en un capítulo del libro?
-Todo es posible. Le voy a contar ese episodio. Mi abuelo murió en 1903 y al poco tiempo esa tía, hermana mayor de papá, desapareció, o la desaparecieron, por un asunto de amores. La borraron. Yo tenía como cuarenta años y no sabía que tenía esa tía. Eso tiene bastante que ver con mi abuelo. Yo colijo que era su hija preferida. Calculo que se ha de haber hecho una atmósfera muy embromada en torno de la figura de mi abuelo,  en la familia. Era extraño que no se hablara de él, siendo que había sido el tipo más importante de la familia.
-Una familia numerosa, con descendientes argentinos pero también con españoles que él hizo  venir, ¿no es así?
-Claro, porque mi abuelo debe haber traído, con conexión con su terruño allá en Asturias, no menos de cien personas. Cuando llegaban él les daba trabajo y eso era un escalón para hacer después otras cosas. Por eso que le decía que fue uno de los principales exponentes de ese Ayacucho inicial.
-¿Todavía existe la estancia Santa Isabel?
-Por supuesto en otras manos, pero está. Con ese nombre y en el mismo lugar, sobre el arroyo Las Chilcas, que yo llegué a disfrutar alguna vez, cuando chico.

AQUEL TANDIL DEL JOVEN PEREZ CAMBET

-Usted dedica un capítulo importante del libro a reseñar algunos aspectos de su juventud transcurrida en Tandil. Daría la impresión de que no se aburrió para nada. ¿Es así?
-Seguro que es así. Mi vida no fue solamente la bioquímica. Casi le diría que hay cosas más importantes que la bioquímica... (risas) ...
-¿Qué recuerda de aquel Tandil?
-Había una vida social muy linda. Y ya por entonces era (hoy mucho más) una ciudad completa, que tiene de todo para la diversión, para los deportes. Yo practiqué durante mucho tiempo pelota a paleta, sobre todo en “El Pasatiempo”.
-¿Qué recuerda de ese lugar ya desaparecido?
-“El Pasatiempo” fue algo así como la educación de la calle.
-¿Por qué? ¿Qué era lo que se vivía para considerarlo así?
-Tenía de todo. La cancha de pelota, pero también el estaño, la bebida, los billares, la mesa de barajas. Yo había hecho fútbol y natación, pero para eso era malo. En cambio en pelota era bueno. Y me metí fuertemente en eso. Era una cancha donde uno no solamente iba a jugar a la pelota sino que era también un lindo lugar de encuentro con gente de todos los sectores. Allí iban desde terratenientes y ganaderos, hasta industriales y comerciantes, pasando por tratantes de blancas, chorros o vigilantes, por ser bien expresivo en la enunciación. Y ahí éramos todos iguales. Diferente al Club Hípico. Entonces terminábamos los partidos y nos íbamos a comer a lo de Quilancha Pinchentti, por ejemplo.
-¿El viejo bodegón?
-Sí, “El ojo”, en la cuadra siguiente.  Los sánguches de chorizos que comí allí, no los he comido en el resto de mi vida. Un lugar en el que también concurría gente de los más diversos sectores.
-¿Luego continuaban con la “garufa”?
-Por supuesto. Después de estar en el bodegón seguíamos la farra con los amigos en otros lugares, en algún amueblado o boliche cualquiera.
-¿Qué decía su papá, en esa época?
-Lo hacía con la anuencia de él. Era un tipo muy serio, pero nos daba libertad, tanto a mi hermano como a mí. Hacíamos lo que queríamos, siempre que cumpliéramos con ciertas normas, como por ejemplo ir a la escuela. Y como cumplíamos con eso, no teníamos problemas. Es decir que la sociedad nos embretaba un poco, pero nos daba libertad en todo lo demás. En mi caso, esa libertad estaba muy relacionada con El Pasatiempo.
-¿Llegó a jugar con profesionales?
-Sí, a tal punto de que nos comportábamos como profesionales y jugábamos por dinero, como se acostumbraba entonces. Y a veces por mucha guita.
-¿Quién lo bancaba...?
-Mi papá. Junto con Agustín Diez, de El Bilbaíno. Jugábamos por plata nosotros y además la gente apostaba.
-¿Qué pasaba con la policía?
-Nada, la policía estaba ahí, era parte de nuestros amigos. ¡No me diga que no era lindo eso!
-¿El que perdía pagaba sin problemas?
-Siempre. No había litigios. No había peleas, nunca viví una trifulca en una cancha de pelota.
-¿Apostaban por usted?
-Por lo general sí. La gente me tenía confianza, apostaban a mi mano porque sabían que yo nunca iba para atrás. Es decir, no daba garrote, ni contragarrote ni nada por el estilo. Cosa que era bastante común.
-O sea que como bien dijo hace un momento, unas cuantas cosas de la vida pasaban allí, en el viejo Pasatiempo.
-Y más le voy a decir. Eso a mí me sirvió mucho en el estudio. Por ejemplo en cómo dar un examen. Porque en el juego de pelota lo primero que hay que hacer es ver cómo juegan los contrarios, para encontrarles los puntos flojos. Yo comparaba eso con materias difíciles como Química Orgánica y meditaba acerca de qué temas elegir y cómo preparar la mejor estrategia para rendir.

Charlo

-¿Cómo es el tema de su parentesco con Charlo, el famoso cantante de tangos?
-Se llama Carlos Pérez, igual que yo. Los apellidos iniciales de mi abuelo eran Carlos Pérez de la Riestra, que es el que usaba Charlo. Era hijo de un primo de papá. Una vez, siendo yo chico, estaba en el Hotel Español de Buenos Aires y llegó Charlo para visitarlo a mi papá. Eran bastante allegados. Yo tendría siete años y Charlo dieciocho. Era muy elegante. Además de cantar, tocaba muy bien el piano. Era la hora del almuerzo, y luego de comer tocó el piano y cantó para nosotros. Fue la única vez que lo vi. Fue un gran cantor, pero el hecho de haber sido contemporáneo de Gardel lo opacó algo, por supuesto.

Carlos y Martín

Carlos y Martín, acodados en la baranda de “Les Antilles” charlaban amigablemente. Ambos, españoles, habían embarcado en Burdeos camino a La Habana hacía dos días, uno como grumete, el otro como bodeguero al cuidado de las bordalesas de vino, que era la carga principal del barco. Con esos trabajos se pagaban el pasaje a América. Carlos Pérez de la Riestra, joven de quince años, mediana estatura, pelo castaño, cara pálida y demacrada que denotaba haber pasado por una grave enfermedad. Martín Ibarbia grandote y fuerte de unos dieciocho años. Se habían conocido en el puerto antes de embarcar.
-Dime Carlos, ¿qué haces tú por estos rumbos?
-Te cuento: hace un año me fui  de casa por inconvenientes con mi padre. Le dije que ya no podía vivir más en casa porque siempre con ausencias y enojos nos hacía la vida imposible, y, además quería irme. Vivía en Luarca cerca de Oviedo; así que me fui a Bilbao primero, y luego a Burdeos donde me enfermé de tifus y casi no la cuento. Trabajaba en una panadería de unos catalanes muy buenos. Pero resulta que una noche en que ya estaba convaleciente, escuché una conversación de mis patrones en la que me nombraban y decían que sería conveniente que volviese a casa en España. Conocer esto y hacer planes fue todo uno. A mi casa no quería volver y allí no me podía quedar. Por eso resolví escribirle a mi padre una carta amigable y pedirle que me diera el permiso para viajar a América, tal cual era mi deseo. Con algunos tires y aflojes por carta, mi familia accedió a mis deseos porque vieron mi decisión. Me mandaron los papeles necesarios que serían manejados por mis patrones. Arreglé bien las cosas y aquí estoy.
-¿Y por qué tomaste la decisión de ir a América, sabes algo de allá? dijo Martín.
-No sé casi nada. He tenido algún conocimiento de esas lejanas tierras en charlas con un viejo maestro español a quien pregunté muchas cosas.

A caballo hacia el sur

...Zenón seguía explicando que su tropa tenía como destino el Fuerte Independencia  en las sierras de Tandil.
Les contó (Zenón) que se podían comprar algunas tierras con cierta facilidad, pero había que estar allá. Los muchachos se enteraban de todo lo de esas lejanas tierras con mucho entusiasmo.
Por todo esto decidieron ir al sur y planificaron sus esfuerzos. Primero: Tendrían  que ahorrar algún dinero para el viaje y poder invertir allí. Y así lo hicieron.
En los próximos dos años juntaron un pequeño capital y de la mano de Zenón se prepararon. Según ellos lo mejor era ir a caballo y no en las tediosas carretas ni en las diligencias que cada tanto hacían el trayecto.
A caballo veían más y mejor las cosas y les favorecería la movilidad. Había un inconveniente, tal era que ninguno de ellos conocía nada de cabalgar a semejante distancia. Así que se compraron dos caballos. Carlos, un rosillo y Martín un bayo. Realizaron largas cabalgatas al Tigre y a Luján, aprendiendo, y ya las nalgas no molestaban.
Para la travesía compraron dos caballos más, ambos zainos mala cara. Todos ellos de raza criolla ciento por ciento, descendientes de aquellos traídos por los conquistadores y dejados en la pampa, donde se reprodujeron en forma fenomenal. Zenón opinó que debían ir a la usanza gaucha y les preparó sendos recados, que les servirían no sólo de sillas de montar, sino también como cama para descansar. Les explicó el modo de buscar aguadas, hacer fuego con la bosta de vaca seca, que resultó excelente combustible y por último más o menos como tendrían que vestirse.
Así fue que cierta mañana del verano de 1867, partieron. “Allá vamos”, parecían decir. Carlos con sus diecinueve años, Martín de veintidós. Lejos quedaban los padecimientos de la tifus de Carlos. Ya era un joven fuerte y decidido igual que Martín y ahí estaba la pampa para ser conquistada. Partieron de Plaza Constitución, fueron por Barracas, cruzaron el pequeño río y caminando no mucho tiempo entraron a la inmensa planicie. Ya habían cabalgado a campo traviesa por esas zonas, pero en ese momento de partida el corazón se les conmovió. Vieron la pampa con otros ojos, la sensación de la conquista y posesión se apoderó de esos dos muchachos españoles.
La pampa los subyugó. Gozaron con su gran espectáculo y pusieron en práctica todas las enseñanzas de  Zenón.
Durmieron al aire libre con las estrellas como techo, cazaron y comieron animales silvestres: peludos, perdices, algún venado; se deleitaron con la enorme cantidad de lagunas en la zona del Salado, en donde vivían gran cantidad de aves: teros, garzas blancas y moras, cisnes de cuello negro, patos overos y otros pequeños, gaviotas e infinidad de especies menores.
Vadearon el río Salado a nado  de los caballos; llegaron a Dolores, era como que la cosa cambiaría de aquí en más. Siguiendo las huellas carreteras enfilaron bien al sur con la sensación de que pisaban tierras más desconocidas, más salvajes.

Ayacucho

A los quince días de marcha llegaron al pueblo de Ayacucho. Los viajeros entraron al poblado por una larga calle que terminaba en una especie de plaza alrededor de la cual se amontonaban unas veinte casas, algunas de ladrillo y las más tipo rancho a la usanza de la pampa. En una esquina se veía un letrero que decía: “almacén de ramos generales- acopio de frutos del país de Don Juan José Sáenz”.
      -Caramba, -dijo Carlos- éste debe ser uno de los tipos importantes del pueblo.

Tandil

Tandil era tres o cuatro veces más pequeña que ahora, con el agregado de que la gente de cierta posición se desenvolvía en un pequeño círculo de unos pocos miles de personas, a quienes mucho no les importaba el resto. La fiesta era continua, suave y agradable.
Domingo a las 11. Salida de misa en el Santísimo Sacramento. Mis creencias religiosas no eran lo suficientemente fuertes como para oír misa, pero sí me permitían compartir con otros jóvenes el obsequio del desfile de las niñas a la salida del templo. Allí estaban las más lindas, los mejores modelos, la elegancia y la aristocracia, o sea la élite lugareña. Displicentemente una parte de las jovencitas, y otras no tanto, cruzaban la plaza y se instalaban en la confitería del Palace Hotel, cócteles, baile, miradas. Tocaba la orquesta de los Nielsen, típica y jazz, con los mismos músicos cambiando de instrumentos, una maravilla.
Los domingos a la tarde había reuniones danzantes en el Club Hípico, más exclusivas. Era el club social por excelencia, cuya imagen se repetía más o menos, con sus peculiaridades, en los pueblos de la pampa húmeda. Lo prestigiaba muy especialmente su ingerencia hípica, con la presencia del Hipódromo local.

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- Néstor Dipaola -
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Tandil - Provincia de Buenos Aires - Argentina