Entrevistas
Reportajes a la Historia
A 201 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO, UNA ENTREVISTA A MARIANO MORENO, SOBRE LA BASE DE DATOS REALES

(Publicada en la edición de mayo de 2011
de “El Diario de los Grandes”, de ANSES)

Por Néstor Dipaola

“Reparemos en la gran importancia de la unidad estrechísima de todas las provincias de este continente”, dijo

EL DIARIO DE LOS GRANDES nació en el año del bicentenario. Y hoy, casi sin darnos cuenta, estamos festejando de nuevo el 25 de mayo.
201 años de la primera Junta de Gobierno. Caída del virrey. Aires de revolución.
Y Mariano Moreno fue, precisamente, el gran revolucionario.
Se cumplió el bicentenario de su muerte, ya que pereció en altamar en la madrugada del 4 de marzo de 1811. No hubo autopsia y su cuerpo fue arrojado al mar.
Con el mayor respeto por la historia y por su persona, nos disponemos a entrevistarlo. Se trata de preguntas y respuestas confeccionadas sobre la base de documentación rigurosa. Hacia él vamos.

Estamos a 6 de enero de 1811. Mucho calor en Buenos Aires. Algunos negritos andan por las calles con algún instrumento de percusión, tal vez fruto del Día de los Reyes Magos.
El doctor Mariano Moreno me citó en su casa, ubicada a no muchas calles de distancia de la Plaza Mayor. Con 32 años, lo encontré muy jovencito y delgado. Serio, pero amable. Tal vez con algún dejo de tristeza por las recientes peleas con Saavedra, pero intuí su optimismo respecto del éxito de la Revolución. Estamos distendidos los dos. Al fin y al cabo, colegas. Como para entrar en confianza, llevo entre mis manos un ejemplar de “La Gazeta de Buenos Aires”. Ciertamente, admiro sus editoriales.

Moreno nació en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1778, es decir unos meses después que el general San Martín. Manuel Belgrano es dos años menor. Y un poco mayor es José Artigas, revolucionario de la Banda Oriental. Me parece que son los cuatro que, junto con Bernardo Monteagudo, por sus ideas de avanzada serán los principales baluartes de esta todavía incipiente Revolución.
El 24 de este mes de enero, Moreno se embarcará con destino a Londres. Lo noto algo ansioso, tal vez por sus ganas de llegar a destino, pero también por las vicisitudes y el trabajo sin tregua desde el 25 de mayo pasado. Ocho meses no son nada en la historia de los pueblos, pero suelen ser mucho en la historia de las revoluciones. Por eso, se me ocurre que tendremos mucho para conversar.

CHUQUISACA, LA UNIVERSIDAD Y EL AMOR…

¿Sus padres son argentinos?
Mi madre es criolla, pero mi padre, fallecido cinco años atrás, era español de Santander. Fue empleado de la Tesorería. Mi mamá me enseñó a leer y escribir desde muy chiquito. Soy el mayor entre 14 hermanos.
¿Un hogar acomodado para la época?
No, a tal punto de que después de haber estudiado en Buenos Aires en la Escuela del Rey y en el Colegio San Carlos, tuve que esperar algunos años para poder viajar al Alto Perú para continuar mis estudios. Recién llegué a Chuquisaca a mis 21 años. La Universidad de ese lugar es de excelencia. Allí me hice amigo del canónico Terrazas, hombre de gran cultura, que me facilitó sus libros. Empecé a estudiar a principios de 1800 y me gradué rápidamente como doctor en Teología. Mi padre quería que yo fuese sacerdote, pero muy pronto me di cuenta que no era lo que yo quería para mi vida. Por eso que aunque a ellos no les gustaba la idea, me quedé allí para estudiar abogacía. Y me recibí de doctor en Leyes también.
La verdad que no puede quejarse de su estadía en la región del altiplano. ¿Me va a contar la parte más linda?
¿A qué se refiere?
Vamos… En aquella tierra usted encontró, además, el amor…
Una felicidad muy grande, tiene usted razón. Me enamoré de esa niña. Cuando nos casamos ella tenía solamente 14 años. Su mamá la había preparado para ser monja y sin embargo consiguió torcer ese destino. Tuvimos a Marianito allá. Ella también se enamoró fuertemente y sé que está sufriendo mucho por esta inminente partida mía al extranjero, dentro de pocos días.
¿Alcanzó a trabajar como abogado en aquella provincia del norte?
Lo hice sobre todo para defender a los indios. Quedé impresionado de tanta injusticia. Los obligaban a trabajar en las minas, sin recompensa alguna. Sin aire, en condiciones terribles. Mueren de a miles en esas condiciones. En los países de minas no se ve sino la opulencia de unos pocos con la miseria de infinitos.
¿Y cómo le fue?
Hice lo que pude, pero el poder es demasiado fuerte. Me perseguían y sentí que todo sería inútil. Así que decidí retornar a Buenos Aires, donde había mucho por hacer en bien de la patria.

DEFENSOR DE LOS DERECHOS DE LOS
DESAMPARADOS Y DE LA MUJER

¿Cuáles considera que son sus valores más fuertes?
La verdad es el signo más característico del hombre de bien. Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones se sucederán a las antiguas. Y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía.
¿Qué hizo en Buenos Aires antes de ser un hombre público?
Trabajé como abogado, tratando siempre de favorecer las causas de los más humildes y desamparados. Entre otros casos que puedo citarle, me considero un ferviente defensor de los derechos de la mujer. Estoy convencido de que cada uno de los cónyuges debe tener la libre administración y disposición de los  bienes propios, y no solamente por parte del marido, como estaba estipulado.
¿Qué recuerdo le trae las invasiones inglesas, cuatro, cinco años atrás?
Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba. Y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar a 1.560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el Fuerte y demás cuarteles de la ciudad.
Hemos sido colonia española hasta hace muy poquito. ¿Qué es lo que más lo preocupaba de esa situación?
Hemos sufrido con paciencia y con fidelidad las privaciones consiguientes a nuestra dependencia. Trescientos años de pruebas continuadas han enseñado a nuestros monarcas que las Américas estaban más seguras en el voluntario vasallaje de sus hijos, que en la fuerza de sus dominadores.
¿Cuál fue para usted el momento más triste después del 25 de mayo?
Son todos momentos difíciles. Estamos emprendiendo un nuevo camino en que lejos de hallarse alguna senda, será necesario practicarla por entre los obstáculos que el despotismo, la venalidad y las preocupaciones han amontonado después de siglos ante los progresos de la felicidad de este continente.
¿Le teme a los internismos?
Después que la nueva autoridad haya escapado a los ataques a que se verá expuesta por sólo la calidad de ser nueva, tendrá que sufrir los de las pasiones, intereses e inconstancia de los mismos que ahora fomentan la reforma.
¿Fue difícil para usted decretar el fusilamiento de Santiago de Liniers?
No, eso le pasó a quienes se mostraron temerosos de hacer cumplir la orden. ¿Con qué confianza encargaremos grandes obras a hombres que se asustan de una ejecución? De ahí que le encomendamos luego esa misión a Juan José Castelli. Y de haber sido necesario  hubiera ido yo mismo hasta Córdoba, que fue donde se armó esa contrarrevolución. A dicha orden la habíamos firmado todos los miembros de la Junta, exceptuado el presbítero Manuel Alberti por sus hábitos religiosos.
De acuerdo, pero no se olvide que Liniers…
Sí, no me diga nada, había sido virrey. Y fue el hombre de la reconquista de Buenos Aires frente a la invasión inglesa. Pero no podíamos tolerar un intento contrarrevolucionario.

EL HACEDOR, EL BIBLIÓFILO, EL PERIODISTA

En pocos meses, hasta fines del año pasado, usted llevó a cabo una actividad inusitadamente fecunda desde la Junta. ¿Podría enumerar los principales emprendimientos?
Sí, fueron siete meses con una actividad realmente febril, como corresponde, creo yo, en el comienzo de toda revolución. Así fue como decidí establecer una oficina de censos, mandé fundar una Biblioteca Pública Nacional; ordené que se reabran los puertos de Ensenada y Carmen de Patagones, en el sur, un pueblo que había fundado el virrey Vértiz hace poco más de 30 años, en 1779. Y el de Maldonado, en la Banda Oriental. Mediante varios decretos, liberé de las antiguas restricciones el comercio y las explotaciones mineras. Intenté regular el ejercicio del patronato sobre la Iglesia, establecí las ordenanzas militares para los oficiales y cadetes, logré crear nuevas compañías de voluntarios y organicé la policía municipal.
¿Le dio satisfacciones la fundación del diario La Gazeta de Buenos Ayres?
No sé si satisfacciones, más allá de que a mí siempre me gustó leer mucho y escribir. Pero era una necesidad, se trata del periódico oficial, desde el cual pude, además, publicar mis ideas. Y redacté un decreto de libertad de prensa según el cual se podía publicar cualquier cosa que no ofendiera la moral pública, ni atacara a la Revolución ni al gobierno.

CORONA DE AZÚCAR PARA SAAVEDRA
Y SUPRESIÓN DE HONORES

¿Cómo fue aquel enojo con Saavedra que lo llevó a usted a redactar el decreto de supresión de honores?
Fue tras una cena convocada por el Cuartel de Patricios para celebrar la victoria militar de Suipacha. Lo invitaron a Saavedra, que concurrió con toda su familia. A mí no me invitaron, pero esa no es la cuestión. Igual pasé por el lugar, estuve a punto de ingresar y decidí seguir para mi casa. Lo cierto es que el oficial Atanasio Duarte, dicen que ebrio, hizo varios brindis a la salud de Saavedra, llamándolo rey y emperador, y lo coronó con una corona de azúcar que formaba parte del decorado de la mesa.
Dicen que la corona de azúcar se la colocó Duarte a la mujer de Saavedra.
Sí, pero después ésta se la entregó a Cornelio. Así que ni bien me enteré de todo eso me enojé mucho. Y redacté el decreto de supresión de honores. A Duarte también lo sancioné, porque un habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido debe tener expresiones contra la libertad de su país.
¿No cree que ese tipo de festejos y actitudes venía de los tiempos de la colonia?
Sí. La costumbre de ver a los virreyes rodeados de escoltas y condecoraciones. Pero si deseamos que los pueblos sean libres, tenemos que observar religiosamente el sagrado dogma de la igualdad. Soy igual a mis conciudadanos, no más que ellos. Mi superioridad sólo existe en el acto de ejercer la magistratura que se me ha confiado. Luego soy un ciudadano más, sin derecho a otras consideraciones que las que merezca por mis virtudes.

“EL EXTRANJERO VIENE A SACAR CUANTAS VENTAJAS PUEDA”

¿Cómo define a la política económica de la Junta?
Se requería con urgencia una cierta apertura comercial para incrementar los ingresos públicos, a través de la aduana. Se necesitaba algún aliado frente a España, y el más poderoso era Inglaterra.
Pero usted dejó entrever que se debe tener mucho cuidado con los de afuera.
Por supuesto. El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse. Recibámoslo en buena hora, aprendamos las mejoras de su civilización, aceptemos las obras de su industria y franqueémosle los frutos que la naturaleza nos reparte a manos llenas. Pero miremos sus consejos con la mayor reserva.

EL GENIO AMERICANO Y SU VIAJE A GRAN BRETAÑA

Usted siempre sostuvo que es fundamental la unidad de la América morena para enfrentar a los grandes imperios. ¿Por qué lo entiende así?
En primer lugar, porque las perspectivas de nuestra América son ilimitadas. El genio americano obrará prodigios. Y todo se traducirá en la construcción de un Estado respetable que, libre de riesgos y temores, podrá reglar una constitución que haga la felicidad del país y el honor de la humanidad.  Reparemos en la gran importancia de la unidad estrechísima de todas las provincias de este continente; unidas impondrán respeto al poder más pujante; divididas pueden ser la presa de la ambición.
¿Qué espera de este viaje a Inglaterra?
Lo mejor para mi Patria. Es un viaje diplomático muy importante mientras, así lo espero, en Buenos Aires se consolide la revolución.


EL FINAL DE MORENO Y AQUELLAS CARTAS DE AMOR DE SU MUJER
Los sectores más conservadores, como el presidente Cornelio Saavedra, veían con preocupación el ímpetu revolucionario de Moreno, partidario de medidas sociales y económicas profundas. En diciembre de 1810, representantes de las provincias del interior se incorporaron al gobierno. Pero se trataba de poderosos propietarios conservadores. El ideólogo de la revolución dio un paso al costado. Le encomendaron una misión diplomática en Londres. Pero en la madrugada del 4 de marzo de 1811 falleció en altamar. Hasta el día de hoy, se sospecha de envenenamiento premeditado.
Mientras, su mujer Guadalupe Cuenca le escribía cartas y más cartas a Londres, creyendo que su marido había llegado. Por ejemplo:
“Ay, Moreno de mi vida, qué trabajo me cuesta el vivir sin vos, hasta ahora mis pocas salidas se reducen a lo de tu madre; todo me parece triste, van a hacer tres meses que te fuiste pero ya me parecen tres años; estas cosas que acaban de suceder con los vocales, me es un puñal en el corazón, porque veo que cada día se asegura más Saavedra en el mando”.
En la que sigue, la demostración de amor y de dolor es mucho más contundente. Veamos:
“Buenos Aires, mayo 9 de 1811. Mi amado Moreno de mi corazón, me alegraré que estés bueno, toda la familia queda buena, pero yo penando siempre con los dientes, y el dolor en las costillas, que unos días más, otros menos, me mortifica mucho, y algunas veces me hace desconfiar de volverte a ver; esta memoria me deja sin sentidos, de pensar morirme, desamparada de mi Moreno, del único consuelo que tengo, del único padre, y del marido más querido de su mujer, y de dejar a mi Marianito, por el que te pido me hagas llevar si no se te sigue perjuicio, que yo iré gustosa aunque pase dos mil trabajos, porque como yo no aspiro más que a estar a tu lado, servirte, cuidarte, y quererte cada día más de lo mucho que te quiero, toda mi felicidad se funda en que vivas; y yo a tu lado, y así, día y noche, te encomiendo a Dios, para que te dé muchos años de vida, y nos veamos pronto; no me consuela otra cosa más que cuando me acuerdo las promesas que me hiciste los últimos días antes de tu salida, de no olvidarte de mí, de tratar de volver pronto, de quererme siempre, de serme fiel. Porque a la hora que empieces a querer a alguna inglesa adiós Mariquita, ya no será ella la que ocupe ni un instante tu corazón, y yo estaré llorando como estoy, y sufriendo tu separación que me parece la muerte, expuesta a la cólera de nuestros enemigos, y vos divertido, y encantado, con tu inglesa; si tal caso sucede, como me parece que sucederá, tendré que irme aunque no quieras, para estorbarte; pero para no martirizarme más con estas cosas, haré de cuenta que he soñado, y no te me enojes de estas zonceras que te digo. (…)
Quisiera escribirte cada día, con ésta van siete cartas y una esquela, y yo hasta ahora no he recibido ninguna tuya, y ya hace tres meses 17 días que te fuistes, por Dios Moreno escribime a menudo y date un lugarcito para leer mis cartas, aunque disparatadas, y no las tires sin leerlas, acordate de tu Mariquita que te quiere más que a sí misma y sobre todo lo que hay en el mundo; nuestro Marianito está muy mejor del empeine que tenía en la cabeza; se le hizo un nacido allí mismo y le ha reventado, con eso se le ha quitado el empeine, ya sigue en la escuela de donde lo retiré por las evacuaciones y desgano de comer; que los médicos Argerich y Capdevila decían que tenía lombrices por haber echado una pocos días después de tu salida. De balde fueron botellas de quina en vino con ajenjo, lo cierto es que mi hijo ha sanado con emplastos y remedios caseros, ahora come bien, está de buen semblante, y repuesto pero muy regalón conmigo. Me hace cuco con su vida y me dice, si me muero yo veré quién la consuela ahora que no está mi padre, y me dice tantas cosas de estas que cada día me engaña más. Es el consuelo que tengo en mi soledad y no quisiera que fuera ni a casa por no perderlo de vista; lo mando porque se divierte, y porque tu madre, aunque viene todas las noches, no le gusta que pasen días sin ir Mariano a su casa; tu madre y las muchachas me acompañan mucho, Micaela y la Marcela no quieren que esté triste ni llore. Micaela se viene junto a mí y me empieza a embromar, y busca medios para distraerme, de suerte que muchas veces me desahogo las noches en mi cama porque hasta ahora no se pasa una sin soñar con vos; algunas me despierta Micaela de las pesadillas que me dan, lo que apago la vela y miro por todos lados y no te encuentro me parece que estoy desterrada, me veo sola. Digo sola porque aunque duerme Marianito, Micaela y la negra en el aposento estoy sola siempre, porque tu lugar nadie lo ocupa ni quien me alegrara como vos; cuándo estaré a tu lado, ay mi Moreno de mi corazón, no tengo vida sin vos, se fue mi alma y este cuerpo sin alma no puede vivir y si quieres que viva venite pronto, o mandame llevar”.

 Nota: Guadalupe se enteró de la muerte de Mariano, recién en agosto de 1811. Tuvo que pedir una pensión al gobierno para subsistir junto a Marianito.
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- Néstor Dipaola -
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