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Historia

Mi padre y los dos remates
Por Néstor Dipaola

Publicado el 20 de enero de 2008

Mi padre -que murió hace justo hoy 20 años- tenía apenas segundo o tercer grado de escuela primaria de campo. El único libro que tenía en su “biblioteca” de aquel rancho de barro y paja cercano a la estación La Negra, donde me crié, era el Martín Fierro. Posiblemente la gran obra hernandiana alcanzaba y sobraba. Por qué no. Con el tiempo, cuando el destino me hizo periodista, uno de mis entrevistados me respondió que había devorado con inmensas ganas el Martín Fierro y que no entendía por qué se seguían publicando tantos libros a cada momento, si total “ahí estaba todo”.  Y está todo. O casi.
Lo cierto es que mi padre en algún momento de los avatares del país, tuvo que entregar obligadamente la chacra que arrendaba por esa zona del partido de Necochea. Entonces, cabeza gacha, se vino “pa’l pueblo”. No le quedó otra. Esto de que hay miles y miles de hectáreas de tierra en manos de extranjeros, no es de ahora.

El propietario de aquellos campos era un señor francés que vivía en Francia. Venía muy de tanto en tanto a la Argentina, para seguir medianamente de cerca sus intereses en el país. Un día se venció el contrato de arrendamiento y el francés no quiso renovarlo por nada del mundo.

Pa’l pueblo, entonces.
Mi padre vendió las vaquitas y el trigo. Y algún otro cereal como avena o cebada, porque por la época de soja no se hablaba. Lo que no se vendió fue a remate. Más o menos como el que cuenta en su relato el poeta uruguayo Yamandú Rodríguez.

Yo tendría diez años y también recuerdo con amargura que “ya no da criollos el tiempo”. A mí me remataron una yegua alazana y su hijita, de apenas un año y medio, de parecido pelaje. Al escuchar las ofertas, se puso “rojo de vergüenza el ceibo”. Con el correr de los años, aprendí a  recitar esos versos de Yamandú: “Han ido a comprar barato cosas que no tienen precio…”

Dieron mil pesos de la época (principios de los sesenta) por la potranquita y mil quinientos por la yegua. Con esta última supe ganar, hace ya muchos veranos, la confianza y la sonrisa de los peones rurales de mi padre. Y no era para menos, ya que a eso de las cinco de la tarde, me les aparecía a caballo con el mate cocido y las galletas, y suspendían por un rato la trilla triguera con las antiguas máquinas tiradas por nobles yeguarizos. Yo tenía no más de cinco años cuando empecé a llevarles la merienda. Y lo hacía con gusto, porque el “premio” era que después ellos me dejaban enganchar bolsas en la cosechadora. O sea que mi primer oficio fue el de “enganchador” rural, en tiempos de cosecha. Cosas que pasan…

Ya definitivamente “en el pueblo”, mi padre compró la antigua propiedad de la calle Montevideo al 600 y junto con mi madre abrieron una pequeña tienda de barrio, por los años sesenta. Yo “en esa” no me metía. Tal vez, siendo un niño, me daba cuenta de que las ventas no formaban parte de mi ser. Entonces, prefería dedicarme a escribir, por encima de lo que me pedían en el cole. Sólo excepcionalmente me dedicaba a la ficción. Prefería hacer crónicas y relatos.

Una mañana de diciembre -por ejemplo- se registró un eclipse total de sol. Fue impresionante. Había un sol radiante a eso de las nueve, y en pocos minutos el día se transformó en noche. Fui hasta el fondo de mi casa, donde se encontraba el infaltable gallinero. No olvidaré jamás el julepe que se agarraron las pobres gallinas, que eran unas cuantas. Veinte, por lo menos. Se agolparon todas juntitas, como queriendo estar unidas en ese trance que para ellas vendría a ser algo muy parecido al fin del mundo. Y se me ocurrió registrar ese momento tan particular. No recuerdo con qué lapicera, pero empecé a escribir hojas y hojas relatando esas curiosas sensaciones del eclipse y sobre todo, aquella reacción despavorida de las gallinas.

Yo ahí estaba bastante próximo a los 12 marzos, que es el mes de Piscis en que nací. Al año siguiente, con 13 recién cumplidos, otro remate -muy distinto a aquel del campo- de alguna manera vendría a marcar mi destino con letras de molde. Un sábado de otoño, a eso de las cinco de la tarde, lo veo llegar a mi padre de un “remate de cachivaches”, como se acostumbraba a decir.
-“Te compré una máquina”, me dijo.
Y agregó, ante mi rostro adolescente de no entender nada.
-“Te traje del remate una máquina de escribir, usada, porque a lo mejor te viene bien cuando escribís cosas…”

Y esa vieja Remington, con carro de 130 espacios, puro fierro, pesadísima, todavía funciona y la mantengo como reliquia en mi “museíto” personal, como una verdadera “joya del abuelo”.
Porque vaya si le di uso. Empecé a practicar solito, sin pérdida de tiempo, y poco después me largué a escribir una “revista” deportiva local, con crónicas y opinión. Armaba un solo número, para mí solo... Todavía conservo esos ejemplares. Eso fue previo a empezar en El Eco, que lo hice cuando todavía estaba en la escuela secundaria.

Pido perdón al lector por estas líneas auto referenciales. No es mi estilo. Pero me pareció que aquella intuición de mi viejo -un buen tipo, como el de Piero- valía la pena citarla a modo de homenaje a 20 años de su muerte.
“A lo mejor te sirve la máquina para escribir cosas”… Hoy hubiera querido escribir esta página con aquella antigua Remington. Pero ya me acostumbré demasiado a la compu. Que al fin y al cabo es lo mismo…

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