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El suicidio de la Piedra Madre
Por Néstor Dipaola

No soy psicólogo, pero los estudiosos identifican al suicidio como un instante súbito de locura. Sostengo que nuestra Piedra Madre se suicidó por estrés y agudísima depresión.
Ese instante de súbita alienación, tuvo que estar condicionado por el inmenso cansancio que le provocaron esas tres miserables décadas de barrenos, estruendos, botellas para poner en evidencia su oscilación, visitas extemporáneas y tantas cosas extrañas de la vida moderna.
Podríamos decir que la Piedra Madre vivió tranquila sobre esa pequeñísima base de sustentación que tenía, hasta la llegada del ferrocarril a Tandil, que fue un adelanto fenomenal para la época. Ese hecho histórico para la ciudad ocurrió el 19 de agosto de 1883.
A partir de allí, miles de curiosos del país y del mundo quisieron conocer de cerca una de las maravillas del universo. Tan de cerca, que además de colocarle botellas la dibujaban con alegorías e inscripciones varias. Le pintaban la cara, como si integrara una murga de carnaval. Y los trapecistas de circo se dedicaban a hacer acrobacia en su parte más elevada y pintoresca.
Es posible que de vez en cuando la Piedra Mágica se haya sentido una diva, una artista, y de las buenas. Entonces, pudo haber disfrutado de esas pintadas de cara y de esas pruebas circenses al rayo del sol.
Y tal vez ella pudo haberse burlado y matado de risa de las pobres botellas que en pocos instantes quedaban hechas añicos.
Pero los ruidos molestos, ¡no, por favor! Porque el ferrocarril trajo el progreso inconmensurable transportando gente, mercaderías, turistas, producción. Don Juan Fugl había enseñado a sembrar trigo por estos pagos y hasta fabricó las primeras harinas tandileñas. Las vaquitas –nuestras o ajenas, no importaba- proveían las mejores carnes y cueros.
Pero cuando llegó el tren, además, se pensó en nuestra piedra. Por desgracia, es también la mejor de todas. El granito más duro, consistente, ideal para adoquinar las calles porteñas, las platenses, las de la región y las nuestras también, de paso. Hoy ese adoquín y ese granitullo de elaboración artesanal identifican a los tandilenses. Por eso lo defendemos tanto. Por eso decimos que las calles que aún lo ostentan, así tienen que quedar, con la debida asistencia y reparación.
Pero, claro, las pobres sierras se fueron pelando. El “Cerro de los Leones” en un momento dejó de existir. Y eso que la explotación no era, por entonces, para nada salvaje desde el punto de vista tecnológico. Y dio trabajo a miles de personas. Todo ello contribuyó también en su momento -justo es reconocerlo- a hacer grande a Tandil. Hoy en cambio se explota  con la moderna tecnología que destruye y modifica el medio ambiente. Y se dispone a dejarnos sin paisaje y sin turismo, con apenas un centenar de trabajadores a los que sería muy fácil reubicarlos en tareas que no sean para destruir.


Tiempo atrás, a los indios les pasó lo mismo
Volvamos a aquellos años de la década de mil ochocientos ochenta en adelante. Tren. Progreso. Vacas. Cueros. Sierras. Granito. Canteras. Explosiones. Barrenos. Ruidos molestos.
Entre otros sectores, aquellas canteras pioneras se ubicaron en inmediaciones de La Movediza y de Cerro Leones. Barrios vecinos y hermanos. Con el tiempo, rivales, pero en fútbol.
Una explosión. Y otra. Y otra más.
La Piedra Madre se venía bancando medianamente sin drama a quienes le pintaban la cara. Se solidarizaba con los artistas de circo porque ella misma se sentía artista. Una maga se sentía. Se mofaba ásperamente de tantas botellas que consiguió despedazar.
Pero los estruendos y el temblor consiguieron estresarla. Se preguntó en qué mundo estaba viviendo. Recordó, tal vez, a sus paisanos los indios, a quienes les había ocurrido exactamente lo mismo algún siglo que otro atrás, cuando lo de don Cristóbal. En poco tiempo, esos primos y hermanos suyos fueron perdiendo la paz de tantos milenios, la tierra que les pertenecía, los animales que criaban y que después, cuando intentaban recuperarlos, los trataban de “ladrones”.
Mucho no entendía la Piedra, porque todavía nadie le había explicado que eso pasaba porque en definitiva, la historia la escriben los que ganan. Ella sólo sabía que aquella paz de tantos miles de años, en que se movía porque se le antojaba y sin que nadie la molestase, se había acabado. Resistió bastante. Casi 29 años, después de la llegada del tren.
Un buen día decidió decir “¡basta!”. Tanto ruido, tanta vibración, tanto barreno, tanta destrucción.
Se aturdió. Se estresó. Enloqueció. Ya no estaban sus compinches los indios de antaño, para compartir risas, penurias, miserias y sonrisas. Mucho antes que a ella, los habían matado o les habían hecho la vida imposible para correrlos más hacia el sur arisco y polvoriento.
Aquello, pues, ya no era vida. De la locura súbita al suicidio hay un trecho muy pequeño. Estaba erguida en lo alto y se dio cuenta que ahí nomás existía un abismo donde poder arrojarse. Porque dicen que el suicida es más probable que decida matarse si tiene los medios para amasijarse al alcance de la mano. Un arma cargada en el cajón del escritorio, por ejemplo. La Piedra Madre tenía el vacío ahí nomás. Un pequeño precipicio, pero que alcanzaba para deshacerse en pedazos y pasar en unos pocos instantes, a otra vida. ¡Pobrecita!
(Posdata: Dedicado al amigo Aníbal Tuculet, fallecido a fines de 2006 y que acuñó en una mesa de café, el concepto de “suicidio” para nuestra Piedra Madre).

N.D.
ARTICULO PUBLICADO EN EL LIBRO “LA CIUDAD DE LAS SIERRAS”, DE NÉSTOR DIPAOLA, QUINTA EDICION, 2009.

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