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Música y Sociedad

EL INDIO LO HIZO, Y LO HIZO EN TANDIL
Un Sábado de Gloria con Misa incluida
Por Néstor Dipaola
Amanecí ese sábado pensando en el Indio. Bah, no sé si tanto en él, porque admito que no soy ricotero, ni mucho menos fana de don Carlos Solari. Lo respeto mucho, incluso me gustan algunos  temas. Pero de ahí a ser fanático,  hay una distancia abismal.
Por eso digo que tal vez más que en el Indio, me desperté esa mañana pensando en el hecho histórico que estaba viviendo la ciudad.
Amanecí sabiendo que tenía que estar ahí. En el recital, pero también en la previa. Me propuse “hacer la Misa” bien completa. Haciendo la cola para sacar la entrada, a la una de la tarde. Con una recorrida en coche y también a pie, para afirmar el contagio. Grabando imágenes para la posteridad.
Siempre supe que ese 13 de noviembre no iba a ser un sábado más. Y no lo fue, claro. Fue un Sábado de Gloria.
Mientras los acontecimientos transcurren no nos damos cuenta de la importancia que tienen. Van a pasar veinte, treinta, cincuenta años, y la historia se encargará por siempre de tener presente esta jornada impresionante de arte, de música, pero también de enigmática sociología, de ritual pagano, en el mejor de los sentidos.
El Indio lo hizo. Cien mil personas, o un poco más. Récord para el país. La misma cantidad de gente que en Semana Santa. Por eso, sin duda, fue la gran Misa Ricotera en un Sábado de Gloria. Tanto, que hasta el cielo y el Rey Sol se pusieron de acuerdo. Después de tanta lluvia sobre estos valles, el sábado 13 estuvo brillante.
En realidad, la previa comenzó por lo menos un par de días antes, con la llegada del propio Indio Solari y de los primeros “fans” que pudieron tomar el acontecimiento como mini turismo y fueron copando de a poquito la ciudad. Y la llegada, también, de quienes trabajaron a destajo para armar el escenario y realizar las primeras pruebas de sonido. Entonces, todo lo anterior, más el cielo que hizo su “trabajo” muy pero muy bien, dieron lugar a un sábado distinto, memorable.
Por todo eso decidí vivirlo intensamente. Para no tener que arrepentirme al día siguiente, enterándome de lo que pasó leyendo los diarios de todo el país, estando uno aquí, a unos pocos metros de distancia.
Ni siquiera se me ocurrió, con tiempo, acreditarme como periodista, por lo que tuve que ir a sacar la entrada. A media mañana de ese sábado, me crucé con un músico símbolo de tanta historia de las bandas tandilenses, el inefable “Negro Blancanieves”. Le pregunté si todavía podía comprarla ahí en Invisible, donde él labura. Ya no. Hacia el mediodía me enteré que la única boletería abierta a esa hora estaba ubicada sobre la avenida Monseñor Actis, a la altura de la Shell de la rotonda. Una sola boletería y un solo boletero. Vaya a saber por qué. Igual, todavía la cola no era demasiado larga. Por la hora, pero también porque la mayoría de quienes llegaban en los bondis desde todo el país venían con entrada incluida.

En toda esa amplia zona de anchas avenidas y bulevares, la misa incluía fervor, pogos, cantos, costillares asados, chorizos, cervezas, vinos y remeras con la inscripción que mencionaba “Hipódromo de Tandil, 13 de noviembre de 2010”. Gente de todos lados. Porteños, Gran Buenos Aires, Mar del Plata, Bahía, mucho acento cordobés. Tantos foráneos juntos, que la curiosidad pasaba por observar si por alguna “casualidad”… en una de esas veía a algún lugareño. Y no. Una hora haciendo cola y confieso no haber visto un solo tandilense. “Si esto no es historia, la historia dónde está”, pensaba.
Hacia el atardecer, intuí que lo mejor sería dejar el auto a buen resguardo y llegar caminando al hipódromo. Que está ahí nomás, pero desde el centro parece lejos porque hay que atravesar la ruta. Ya dentro del campo, super contagiado por ese marco gigantesco y penetrante, tal vez porque la caminata me dio algo de sed, pedí una cerveza, sin ser para nada cervecero. Y un choripán con vaso de tinto a la salida, después de escuchar el cierre con ese himno que es el “Ji ji ji”. Es decir, después de vivir el “pogo más grande del universo”, como dijo el Indio al despedirse. A esta altura, celebro el contagio y bendigo haber estado participando de esa “misa con hostias de ricota”, como la definió el colega que cubrió para Página 12.
Cien mil almas, o más, en esa salida del hipódromo. A media noche de sábado. Con indescifrable alegría y a su vez con ejemplar comportamiento. Por el bulevar de la 226, a unas cuantas cuadras de la rotonda de Espora, un flaco vio muchas luces allí, y me preguntó si “esa era la Terminal”. Le expliqué que no y cómo debía llegar a ella. Con una anchísima sonrisa se despidió y me dijo: “¡Gracias por la onda!”. Y yo no había hecho más que cumplir con mi deber de anfitrión.
Ese sábado de gloria se juntaron en Tandil el héroe y el villano. Bosteros y millonarios. Los de Chaca y los de Chicago. Los que llegaron a pie y quienes lo hicieron en la cuatro por cuatro.
Y de pronto se acabó la fiesta. Volvió el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Ya todo es historia. Y de la grande..

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