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JUAN MARTIN Y LA TANDILIDAD
Por Néstor Dipaola

Septiembre 2009. Juan Martín Del Potro recibe la distinción del Intendente Municipal de Tandil Miguel Lunghi.

Juan Martín Del Potro nos alegró el corazón argentino a todos, claro. Pero mucho más nos contagió de tandilidad. Que en este rincón del país supera holgadamente al sentimiento de argentinidad.
El amigo Aníbal Tuculet, a quien el viento sureño llevó tempranamente hacia alguna estrella lejana, propuso alguna vez fundar la República del Tandil. Su propuesta prendió rápidamente en la mesa de aquel viejo bar. Cada uno de los presentes aportó un fundamento. Que por ser muy locos no dejaban de ser sólidos.

Yo nací aquí, pero puedo asegurar que “me hice” tandilense en el invierno de 1960, cuando recién había cumplido nueve años. En un frío domingo de junio, se definía el campeonato provincial de fútbol por selecciones. El rival a vencer para Tandil, fue siempre Mar del Plata. Ciudad en la plenitud de su auge turístico. De mucho mayor tamaño. Opulenta. Con sus laureles. Con su canto de sirenas.
Y le ganamos. 3 a 1 aquí. Empate en dos allá, en la revancha, aquel histórico 19 de junio.

Éramos campeones. Tandil tendría entonces algo menos de setenta mil habitantes. O sea, poco más de la mitad de los de ahora. De autos, ni hablar. Un parque automotor varias veces inferior al actual. Sin embargo, fue un desfile de coches hasta La Vasconia. Los campeones llegaron a paso de hombre. Y fueron recibidos en el Palacio Municipal por el intendente Juan Roser. Puertas abiertas. Balcón y después. Plaza llena y eufórica. Bombos y platillos para acompañar a aquel clásico estribillo:
-“Un grito de… ¡corazón!, ¡Tandil campeón! ¡Tandil campeón!”.

Sí. Ahí me hice tandilense. Juro haber sentido el terruño bien adentro del alma. En las raíces más profundas de mi ser. Y como si fuera poco, la camiseta de Tandil llevaba grabada la Piedra Movediza a la altura del corazón.
Por entonces, en la escuela nos hablaban hasta el cansancio de los “símbolos patrios”, que eran el escudo, la bandera y el himno, palabras que aprendimos de memoria. Pero al descubrir la figura de esa Piedra Madre de los tandilenses, perfectamente diseñada y bordada en la casaca del equipo campeón, ahí supe, en serio, lo que era verdaderamente un símbolo. Porque de memoria no se aprende. O no sirve. En cambio, lo internalizamos para siempre cuando lo vivenciamos. Y ese, el de La Movediza, era el símbolo que elegí para el resto de mis días. Y que hoy venero. Algo así como mi propia Virgen Santa. Dicho con todo respeto, claro.

Mucho se habló por entonces de la “garra tandilense”. Y uno lo veía jugar, entre otros, al “Colorado” Abel Ghezzi, a Luciano Alvarez, a Andrés “El Zorro” Acuña, y no dudaba que de eso se trataba. Recuerdo que muchos la compararon con la famosa “garra charrúa”. Y supongo que habrá tenido que ver con el Maracanazo de 1950, cuando Uruguay le ganó la final a Brasil, en Río de Janeiro. Nuestra hazaña frente a Mar del Plata, fue apenas diez años después. Todavía aquello estaba muy fresco, y por entonces se escuchaban como locales las radios de Montevideo. Sin duda, los tandilenses de la época habrán festejado los goles uruguayos relatados por Carlos Solé.
Lo cierto es que Tandil tuvo y sigue teniendo rasgos distintivos. Por esos tiempos, ya teníamos los mejores quesos y salamines del país. Con los años, dieron lugar a las “picadas” más aguardadas y famosas.

Doce años antes del campeonato del sesenta, Santiago Selvetti había fundado Metalúrgica Tandil, continuadora de Bariffi. Y cuatro años después, en el otoño de 1964, un pionero de la cultura y la educación, el doctor Osvaldo Zarini, nos legó para siempre nada menos que la Universidad. Con su esfuerzo y el apoyo del pueblo. También en ese rubro fuimos precursores.

Por los años ochenta nos pusimos las pilas con el turismo. Nos dimos cuenta que podíamos. Tenemos los más bellos paisajes, los campos más fértiles, las vaquitas y los granos mejores. Fábricas importantes.

Y cuando veíamos a Juan Martín del Potro jugar la histórica final del lunes frente a Federer, la mayoría de quienes pasamos los cincuenta nos acordamos de la legendaria “garra tandilense”. La de los campeones del sesenta. Del sesenta y cuatro.
Del Santamarina 1985 que llegó al Nacional de la AFA y le hizo “pata ancha” a los grandes.
Y entonces el jueves fuimos a la ruta, a las calles y a la plaza a recibir a Delpo, como tandilenses. Mucho más que como argentinos.
¡Salud campeón!
¡Salud Tandil!

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