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Homenaje

NOS DEJO ABEL CARBONE,
EL DE LAS “CRONICAS DE UNA EPOCA FELIZ”


Se fue en la cola del último barrilete

Por Néstor Dipaola

No podíamos creerlo. Nadie lo podía creer. De pronto el Abel Carbone se ausentó.
Son esas ausencias que sorprenden y duelen. Porque no quiero hablar de muerte.
El Abel se ausentó. Lamentablemente, sin aviso. Y nos dejó huérfanos. A los compañeros No Docentes de la Unicén. A los muchachos y muchachas de AMU, la Mutual de la Universidad, a la que le cambió la cara en poco más de un año de presidente. A quienes valoramos la nostalgia y sonreímos con ella. Y por lo tanto disfrutamos sus bellísimos relatos que quedaron estampados en el libro “Crónicas de una época feliz”.
Lo del libro fue algo muy grato y particular. No había escrito antes, hasta que se animó a “garabatear” -como decía- tales apuntes. Tres años atrás me los mostró. Se trataba del “primer borrador” referido a su infancia gozosa que pudo atravesar en el legendario barrio Puente del Azul. Por entonces, antes de hacerse la ruta 226, los viajeros enfilaban desde ese puente, (Del Valle a la altura de Figueroa) hacia el pago vecino… Leí con atención esas hojas. Días después, me encontré con él y lo “intimé” a que ese material tenía que convertirse en un libro. Sí o sí. Para que ese esfuerzo desde la memoria y la historia personal y social no se perdiese entre las sonrisas de un disfrute solitario.

Hoy el libro está. Pudo presentarse en la última Feria lugareña, en agosto pasado. Como me tocó señalar en su momento, “es todo un derroche de ternura.
Y también de historia y de cultura. Porque contiene relatos que refieren a un pasado que -mejor o peor, eso queda para el debate- ya no volverá”. El Abel se colmó de felicidad esa tardenoche de agosto en la Cámara Empresaria, donde se desarrolló la última Feria del Libro del Tandil. Lo mimaron mucho sus compañeros, compañeras, amigos, familiares. Se dio el gusto y el lujo de firmar una buena cantidad de ejemplares.
Y aseguraba que tenía en la mente y en algunos borradores, más recuerdos, más anécdotas, más travesuras infantiles en aquel viejo barrio, para compartir con la gente en un posible segundo tomo de esas “Crónicas…”. Ya no podrá ser. Enhorabuena que disfrutamos -y disfrutó él también, y mucho- aquel libro que vio la luz en agosto.
Pero también es cierto que soñaba con el segundo, y en una entrevista, nos decía:

-“Sí, han quedado temas sin concluir. En este libro, por ejemplo, no hablé de un puente colgante que unía la Villa con la parte más céntrica de la ciudad. No hablé de los corsos. Y tampoco del circo. El circo tiene una historia asombrosamente jugosa, ya que cuando se instalaba, le cambiaba la vida a toda la barriada. Para los chicos, se trataba de quince días en que nos olvidábamos del mundo, los vivíamos a pleno y el circo pasaba a ser el centro de nuestras existencias. Todos trabajábamos con tal de que nos dejaran entrar. Salíamos a repartir volantes y los más grandes se ponían el cartel-sandwich. Nos dejaban entrar y estábamos con los animales. Nos terminábamos haciendo amigos del payaso o del enano”.

El mutualista solidario
Llevaba mucho tiempo trabajando en la Universidad, en un área (Recursos humanos, sector de personal) que para muchos podría resultar un lugar complicado porque es un trabajo que obliga a un trato cotidiano y constante con sus propios compañeros, en temas relativos a horarios, licencias y afines. Sin embargo Abel, más que compañeros cosechó amigos. Seguramente por su espíritu campechano, bondadoso y altruista. Tanto, como para aceptar ponerse al frente de la lista de la Mutual Universitaria, un par de años atrás, ganar la elección y trabajar desinteresadamente en pos de una tarea que lejos de ser individual, se proyecta solidariamente a un conjunto numeroso de personas. Como este último esfuerzo reciente, el de fundar una farmacia a partir de la Mutual, para los trabajadores universitarios, docentes y no docentes. Un proyecto que el destino le impedirá asistir a su nacimiento, pero que lo tuvo como notable gestor y pionero.

Del libro: entre bolitas, barriletes y la pelota de trapo
“Y redoblábamos esfuerzos en los campeonatos de bolita, en la canchita prolijamente marcada en la vereda de nivelada y rojiza tierra, con su reinante agujero y las eternas discusiones reglamentarias. Para los partidos de payanas en los umbrales de nuestras casas utilizábamos pequeñas piedras. O las improvisábamos con ladrillos raspados, pero a menudo se rompían o simplemente se nos perdían.
Aquellas barrileteadas promovidas por la escuela juntaban a la familia en la plaza del barrio, en una competencia por la altura y por el diseño.
Ganaba siempre la más simple estrella o cometa, en detrimento de otras más elaboradas pero menos efectivas. Los días previos eran de gran movimiento no sólo de nosotros sino de toda la familia buscando cañas para el armazón, y el papel especial que era pegado con engrudo de fabricación casera. Pero nada reemplazaba la multifacética pelota, sea de goma, de cuero o la fabricada con una media. Todas representaban por igual el más entretenido de lo juegos, desde el fútbol en el potrero, con los pibes de siempre o en entreveros con los de otros barrios”.
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