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He decidido no escribir sobre Santa campeón
Por Néstor Dipaola

He decidido no escribir sobre Santa campeón

“Gracias, pero esta vez vine como hincha, no para escribir”.
Una vez, y otra, y otra. La misma respuesta fui dando a quienes me cruzaban llorosos en la cancha de Juventud Unida de Gualeguaychú y me decían que tenía que escribir la gran historia de esta emoción inconmensurable del ascenso.

Pero no quiero escribir. Prefiero disfrutarlo como hincha, ahora que puedo hacerlo, porque hace ya mucho tiempo me retiré de las páginas de deportes del diario. Porque aunque no lo creas, en aquel período de fines de los sesenta y década del setenta, dejé de ser hincha aurinegro, al menos cuando escribía. Sí, te canto la justa. Escuchaba a los relatores de la época y decían que eran de Chacarita o de All Boys. No era creíble. Entonces me dije a mí mismo que en vez de mentir, prefería dejar de ser hincha de Santamarina mientras escribiese para el diario. Y vaya si cumplí. Le pegaba con todo, le pegaba. Hasta me hice hincha de Excursionistas en una ocasión. Sí, albiverde furioso. Fue allá por 1975. Por entonces estaba con Panzeri, el Dante. Predicaba la pureza en el deporte, pero la sociedad iba a contramano.

Ese año Santamarina y Excursionistas jugaron cuatro finales. No era como ahora que se juega una y listo. Si no alcanza, tiran penales hasta que amanezca. Fueron cuatro y “Excursio” ganó casi todas. El albiverde era el “puro y casto” de entonces porque formó un equipo con tandilenses, esos con quienes nos cruzábamos en la esquina a cada momento y toda la vida. Contra un Santamarina que insinuaba los primeros amagos del profesionalismo.

No sé si alguna vez las tintas de la redacción y el teclado de la vieja máquina de escribir Remington me habrán llevado a ser hincha temporario de Ferro. Pero me sentí muy bien en el estadio tricolor, aquella tarde que me mandaron por primera vez a cubrir el clásico, a fines del sesenta y ocho. Y los aplaudí cuando en 1977 y 1978 fueron campeones después de mucho tiempo en que los tricolores no figuraban ni a placé.

Creo tener derecho a festejar tras haber viajado a Gualeguaychú con la hinchada, como lo hice siendo niño a principios de los sesenta con la Barra del Bombo y del Muñeco, y lo que menos pensaba por entonces era estar alguna vez tomando apuntes desde la cabina de prensa para luego armar el comentario para el diario del lunes.

No, hermano, para qué querés que escriba, si además no podré hacerlo por tanta emoción. Justo yo, que tuve la dicha de haber visto llegar victoriosos y levantados en andas a los campeones del sesenta, a minutos de arribar triunfadores en Mar del Plata.

Yo, que vi atajar a Mingo Pastor en sus últimos meses, cuando ya se retiraba. Que después vi salvar goles hechos a José Ducca en el 85 cuando llegamos al Nacional. Y que ahora Bertoya llegó para repetir la historia de esos goleros poco menos que imbatibles.

Si vi también los goles de tiro libre del brasileño Didí, cuando recién llegaban a este valle las primeras imágenes de la televisión en blanco y negro. Pero después, al ratito nomás, en este Tandil milagroso, un tal Norberto “Negro” Quinteros agarró y le copió la fórmula. La metía de chanfle al ángulo, imposible para cualquier buen arquero.

Ya está, con eso me alcanza.

Si después pude dar la vuelta con el equipo del ochenta y cinco y quedar extasiado por el gol de Diego a los ingleses al año siguiente. ¿Qué más puedo contarte? Si hasta integré, en la última parte de los noventa, la “Comisión de Salvataje”, ese grupo de locos ingenuos que pensamos que podríamos salvar los bienes del aurinegro vilmente codiciados y finalmente afanados por un puñado de miserables.

No, hermano, dejame disfrutar. Vos que no sos ningún gil, sabés bien lo mucho que nos cuesta llorar a los varones.

Una cuestión cultural, ¿viste? Y ahí, delante de las chicas, dignísimas representantes de la barra femenina, lloramos todos juntos. Bueno, todos y todas, como está bien decir.

No escribo sencillamente porque no puedo parar de llorar en la tarde cálida de Gualeguaychú. Alguna vez el Maestro Zarini, el gran fundador de nuestra Universidad, me dijo que “los seres humanos vivimos optando”. Y yo he optado por estas lágrimas, en lugar de ponerme a hilvanar algún comentario. ¿Para qué? Si al fin y al cabo vos también lloraste ahí, a metros de algún cerro, escuchando los vozarrones llorosos de Juan Casero y de Fernandito.

Entonces, ya está. Te pido perdón. Te fallo esta vez.

Te mando un fuerte abrazo.

NESTOR DIPAOLA

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